La elección de Manuel Cruz como presidente del Senado me parece un gran acierto, pero ya les aviso que tengo debilidad por este filósofo metido a político en virtud de su compromiso cívico en una Cataluña enloquecida en una España en reconstrucción.
Como miembro de Federalistes d’Esquerres tiene posiciones más templadas que las mías, pero le reconozco la honradez intelectual y, además, el ser un buen tipo. Especie que debería abundar más en política y que cuando aparece uno de ellos, se ha de mimar.
Siempre que me lo he encontrado me ha empujado a retomar los artículos satíricos sobre el ‘procés’ que publiqué en la Crónica Global de Alejandro Tercero, y que la premura de tiempo me ha llevado a ir posponiendo. Pero siempre le agradecí sus ánimos y, sobre todo, su buen sentido del humor.
Gracias al veto secesionista a Miquel Iceta este catedrático de filosofía en la Universidad de Barcelona se va a sentar en el sillón del 155, la presidencia del Senado, cámara que la opinión pública ignoró durante décadas hasta que se activó el mecanismo para intervenir la Generalitat.
Cruz es un tipo templado para tiempos difíciles. Una persona reflexiva en una época de agitación. Dialogante en una era en la que la crispación es la norma. Y alguien que lee y que gusta de escribir en unos momentos en que triunfa la política del tuit.
Personalmente estoy poco por la labor de templar gaitas con los partidos secesionistas que han querido privar a más de media Cataluña de sus derechos cívicos, sociales y políticos y aún no se han disculpado por ello, más bien nos echan las culpas a los demás por no haber permitido que su golpe de Estado contra la democracia triunfara.
Pero le deseo mucha suerte en la labor de convertir la cámara territorial de nuestro sistema político en algo más que en el fetiche de un 155 que no sabemos si algún día volverá.
Por Sergio Fidalgo
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