Manolo González, un trabajador nato que no va dando lecciones de postureo, llegó al primer equipo del Espanyol en el momento más difícil para un club histórico que intentaba adaptarse a la Segunda División. El equipo estaba roto. La afición, decepcionada.
Aceptó el reto de devolver al Espanyol a Primera, su categoría natural sin hacer ruido. Con humildad. Con trabajo. Con una idea clara: recuperar el orgullo perico. Lo logró desde el primer partido. Su fútbol no fue de posesión inútil. Fue de intensidad. De presión alta. De bloque compacto. De jugadores implicados. Se sufrió mucho, y muchos resultados no acompañaron, pero recuperó la conexión con la grada.
Convirtió a jugadores en piezas clave. Dio confianza a los canteranos. Recuperó la mejor versión de los veteranos. Sacó lo mejor de todos. En cada rueda de prensa, serenidad. En cada decisión, sentido común. La afición volvió a creer y le consideró uno de los suyos. En un club con una grave crisis institucional consiguió recuperar la moral de la afición.
Manolo no vino a lucirse, vino a trabajar. Habló poco. Pero trabajó mucho. Construyó un equipo fuerte en el campo. Y unido en el vestuario. Ha picado piedra desde que comenzó como técnico, Entrenó en Tercera y Segunda RFEF. Subió al Badalona. Hizo competir al Europa. Siempre fue respetado por sus jugadores, a los que nunca engañó..
Llegó al Espanyol B con perfil bajo e impuso orden. Ganó partidos. Hizo crecer al filial. Y cuando le llamaron para el primer equipo, no dudó. Tuvo que reconstruir en plena temporada. Heredó un equipo tocado anímicamente. Sin ideas claras. Y le dio la moral suficiente para afrontar dos difíciles eliminatorias de promoción. Y las superó y consiguió que el Espanyol volviera a Primera.
Manolo González ya no es una apuesta de futuro. Es una realidad que ha enamorado a buena parte de la afición perica. Un entrenador preparado. Con liderazgo. Con fútbol. Con identidad. Fran Garagarza ha puesto en sus manos una plantilla más compensada para la próxima temporada. Ahora le toca demostrar todo lo que vale. Es su gran oportunidad de acallar muchas bocas.
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