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Manifiesto de los 2.300: el ayer que no se fue (2)

"El nacionalismo catalán no se rige por valores, ni morales, ni humanistas, ni democráticos"

Por Santiago Trancón Pérez
martes, 23 de agosto de 2022
en Cultura
12 mins read
 

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(Aquí pueden acceder a la primera parte del artículo)

En mi libro España sentenciada analizo este largo proceso y llego a una conclusión que puede parecer alarmista, pero que yo prefiero calificar de objetiva y alertadora. Digo que durante este ciclo histórico de más de 40 años, se ha producido un doble proceso, conectado e interrelacionado: «Por un lado, un avance ininterrumpido de las posiciones secesionistas que ha ido afianzando un poder, el del nacional-separatismo; y por otro, el retroceso y debilitamiento del poder del Estado democrático«.

Y añado: «Lo importante es observar el avance de esa línea de continuidad de las fuerzas separatistas, al margen de su color político y la mayor o menor intensidad de sus conquistas en los distintos ámbitos: el educativo, el fiscal, el económico, el de las competencias, la lengua, los medios, las estructuras de estado o el poder judicial«. Concluyo que «el movimiento independentista nunca ha actuado a ciegas, ni de forma espontánea, improvisada o impulsiva. Todos sus pasos han respondido a un plan estratégico, pensado y dirigido a alcanzar sucesivas metas, metas cuyo último fin ha sido siempre la independencia«.

Hay realidades que cuesta asimilar, pero que son imprescindibles si queremos derrotar al nacionalismo. Hemos de tener claro qué rasgos definen al nacionalismo catalán. Con cierta pretensión escolástica, me atrevo a definirlo así:

1) El nacionalismo catalán no se rige por valores, ni morales, ni humanistas, ni democráticos, por más que apele a ellos como elemento imprescindible de su propaganda. Si lo tratamos de interpretar en función de esos valores nos equivocaremos radicalmente. Siempre nos toparemos con el cinismo y el supremacismo moral. No, por más que lo repitan y acabemos creyéndolo, el nacionalismo catalán no se mueve por valores democráticos como el bien común, la igualdad, la justicia, la libertad, la fraternidad, la solidaridad, la tolerancia, etc. Por el contrario, su naturaleza es xenófoba, racista, excluyente, clasista. O sea, antidemocrática y totalitaria. Si partimos de esto, entenderemos muchas cosas; si suponemos lo contrario, no acabaremos entendiendo nada.

2) El nacionalismo catalán no se rige por razones o argumentos raciones y objetivos. La razón es el ejercicio del pensamiento basado en la verdad, la coherencia y la objetividad de los hechos. No hemos de confundir la astucia y el cálculo, con la racionalidad. Digo que el nacionalismo no se basa en el ejercicio de la razón ilustrada, que es el fundamento de las sociedades modernas. Su concepto de nación, etnia o raza, cultura y lengua, en torno a los cuales se construye el nacionalismo, no es de origen racional, sino romántico, no está basado en el racionalismo, sino en el idealismo metafísico alemán. La conclusión es que no hay modo de combatir al nacionalismo sólo con argumentos racionales o apelaciones a la verdad.

3) Si el nacionalismo catalán no se mueve por valores y razones, ¿por qué se mueve? Por intereses, materiales y económicos: aumento y acumulación de dinero y riqueza, de posesiones, explotación de los bienes y recursos naturales, industriales, comerciales, control del territorio, las infraestructuras, los medios de producción y también, imprescindible, del control y dominio de la fuerza del trabajo.

4) El nacionalismo catalán es un proyecto dirigido a alcanzar el poder en todos los ámbitos de la vida social, económica y política. El fundamento último del poder es la fuerza, y la fuerza es la capacidad para imponer y controlar un orden político, económico, social y cultural. La lógica de un poder que no se fundamenta en valores democráticos ni en principios racionales, es la del ir adquiriendo cada vez más poder hasta alcanzar el poder absoluto, anular cualquier otro poder que se oponga o dispute su dominio. El  nacionalismo catalán ha alcanzado ya un poder considerable, pero todavía no todo el poder, pero su tendencia natural o su impulso esencial, es alcanzar todo el poder.

5) Este análisis quedaría incompleto, sin embargo, si no introdujéramos otro elemento esencial, lo que Marx llamó la superestructura: o sea, los elementos ideológicos, mentales y emocionales. El nacionalismo catalán es un movimiento ideológico, mental y emocional o psicológico. Entramos aquí en un terreno más impreciso, más difícil de definir y concretar, pero no por ello menos esencial. Lo primero que hemos de tener claro es que las ideas, las imágenes, las emociones, no son algo meramente abstracto o etéreo, sino fenómenos mentales y psicológicos que se materializan, que originan o hacen posible actos y hechos materiales y visibles, como puede ser una manifestación, la toma de un aeropuerto, el incendio de las calles, agresiones y atentados mortales, por hablar de aspectos relacionados con la violencia.

6) Llegamos aquí a un punto esencial. Digámoslo claro: ideología nacionalista y violencia son inseparables. Cualquier discurso nacionalista de rechazo de la violencia es en sí mismo cínico o impostado, pues el nacionalismo sabe muy bien que la violencia en todas sus formas, de la amenaza al atentado, es un arma necesaria y que, llegado su momento, será definitiva para lograr sus últimos objetivos. Los sucesos insurreccionales de octubre de 2019, a raíz de la sentencia de los golpistas, fueron un ensayo perfectamente reconocible para cualquiera. Como dijo entonces Puigdemont: «Damos miedo y más que daremos«.

7) Añadamos, para acabar esta definición de los rasgos esenciales del nacionalismo catalán, una referencia directa a los aspectos psicológicos, emociones y mentales sin los cuales tampoco entenderíamos el fenómeno del nacionalismo. Vivimos inmersos a un mundo emocional. Todo cuanto hacemos y pensamos está teñido de un tono y una carga emocional. Las emociones no existen separadas de la mente. Toda emoción va acompañada de imágenes e ideas. Aquí es donde interviene lo que se ha llamado ingeniería social, que no es otra cosa que una manipulación sistemática de las ideas e imágenes para provocar reacciones emocionales de adhesión e identificación individual y grupal a una causa, un proyecto, un proceso. Esto lo ha tenido siempre muy claro el independentismo. El Programa 2000 de Pujol no era otra cosa. Y demostró sobradamente su eficacia.

 

No tenemos tiempo de adentrarnos por estos vericuetos, pero me basta con señalar que la envidia, el odio, la venganza, el rencor, la necesidad de sentirse superior, la utilización del miedo, las frustraciones, las promesas y expectativas de mejora, la necesidad y búsqueda de reconocimiento, el miedo al rechazo, la busca de protección en el grupo, la impunidad, la atracción de la violencia, el placer del dominio sobre otros, etc., todo un complejo mundo de reacciones emocionales que pueden fácilmente dispararse mediante un símbolo, una bandera, un himno, una manifestación, una marcha de antorchas, una consigna, un vídeo, una foto… Si, además, se poseen poderosos instrumentos como la educación y todos los medios de comunicación y propaganda, y dinero en abundancia para pagar a miles de activistas en todos los ámbitos, pues es fácil entender cómo el nacionalismo posee este arma poderosísima del control mental y psicológico para lograr sus objetivos. Todo esto ha dejado de ser mera especulación después de la experiencia nazi, con cuyo movimiento el nacionalismo separatista tiene cada vez mayor semejanza.

Nos quedaría analizar, para completar la teoría que estoy esbozando, el comportamiento de los otros poderes, los poderes del Estado, qué hicieron y han hecho frente a este movimiento cuyas características y modos esenciales de actuación, quedaron claramente de manifiesto cuando dimos a la luz ese texto que puede leerse hoy como una documento profético que, como toda buena profecía, no hizo sino observar y poner palabras a hechos nada imaginarios ni pretéritos, sino reales y muy  presentes ya en la Cataluña de aquel 1981. Hechos que nadie quería ver pero que un pequeño grupo de ciudadanos nos atrevimos a denunciar con todas las consecuencias, políticas y personales, que esto supuso. Y cuyo éxito y la enorme repercusión que tuvo no se debió a nuestro mérito, sino a la realidad que señalaba y al gran malestar que entonces ya se extendía por gran parte de la población hispanohablante de Cataluña.

Resumiendo, podríamos decir que la clase política, el poder económico y mediático, pero también el poder judicial y las élites intelectuales, la gran mayoría, no quiso entender la llamada de  alerta que lanzamos, que, en el fondo, se parecía mucho a la que el propio Tarradellas había dicho cuando tuvo que entregar el poder a Pujol, al que llegó a llamar «enano» y «corrupto». Recordemos cómo poco después vino la absolución de Pujol del atraco de Banca Catalana o la anulación de la LOAPA por parte del TC, por citar sólo dos ejemplos. Se impuso la política de la claudicación, la cobardía, las componendas, los cambalaches, la perversión del texto constitucional, la anulación, paso a paso, de esos derechos lingüísticos que defendía el Manifiesto.

Como insisto en mi libro España sentenciada, «sentenciada no significa ni derrotada ni vencida. Son las élites privilegiadas, las oligarquías nacionalistas, los supremacistas; son los partidos reaccionarios de la izquierda y los partidos reaccionarios y apocados de la derecha, la burguesía sin patria y antiespañola; son todos los que viven de difundir el odio y la mentira, los intelectuales orgánicos, los jueces claudicantes, los profesionales acomodados; son los miles de colaboradores necesarios, todos los que viven del proceso independentista. Son todos ellos los que han sentenciado a España y preparan el golpe definitivo. Pero todavía quedamos muchos, la mayoría, que no estamos dispuestos a ser subyugados, muchos los que nos hemos rebelado desde hace muchos años, muchos los españoles que hoy no están dispuestos a sucumbir, a resignarse, a  transigir y a claudicar«.

Somos mayoría los que no estamos dispuestos a aceptar la independencia de Cataluña -o del País Vasco o cualquier otra parte de España-. La gran mayoría sabe que España es un bien común irrenunciable, garantía de nuestros derechos y de la igualdad de todos los españoles. Que España es propiedad común de todos los españoles por igual, sean de donde sean y vivan donde vivan.

Acabaré como empecé, citando a Quevedo. En su escrito, La rebelión de Barcelona, que subtituló Ni es por el güevo ni es por el fuero, dice cosas sobre Cataluña y los catalanes a propósito de la llamada Guerra dels Segadors que resultan de total actualidad. Sin duda, lo que ocurrió en ese primer intento de rebelión, que no de independencia, pues los rebeldes querían pasar a depender de Francia, confirmaría esa teoría de la que hablé sobre el valor seminal y profético de los hechos inaugurales. Podéis encontrar un análisis completo de este texto en mi libro citado, Sabiduría de los clásicos. Destaco aquí esa afirmación de que los catalanes usan sus fueros y privilegios (sus leyes), no como son, sino como ellos los interpretan y quieren: «No los alegan como los tienen, sino como los quieren«, porque han convertido en fuero el «no queremos porque no queremos».

Se refiere Quevedo a los señores feudales, esos clanes tribales que dominaban Cataluña, que provocaron la rebelión usando incluso una fake-new de la época, el incendio de la iglesia de Riudarenas en la que se quemaron una sagradas formas y acusaron a los soldados españoles de realizar ese sacrilegio, esa profanación. A esa oligarquía se refiere Quevedo cuando dice que «son los catalanes aborto monstruoso de la política»; «esta gente, de natural contagiosa; esta provincia, apestada de esta gente; este laberinto de privilegios, este caos de fueros».

Igual de pertinentes son algunas reflexiones que hace Quevedo a propósito del asesinato de Julio César en su Vida de Marco Bruto, con las que concluyo esta primera parte de mi charla para dar paso a una pequeña proyección de textos y documentos de lo que se publicó en aquellos meses de 1981.

Sobre la importancia de las primeras acciones y de la necesidad de actuar en los comienzos con determinación y valentía, dice Quevedo:

«Determinarse tarde al remedio del daño, es daño sin remedio». Se pudo actuar con determinación cuando empezó todo, de forma clara en 1981, pero no se hizo, con lo que el daño fue ya inevitable. El inmenso daño que el nacionalismo ha hecho a Cataluña y a la mayoría de catalanes y a España y los españoles. Qué ingente cantidad de energía y recursos dedicados a alimentar ese aborto monstruoso de la política que es el nacionalismo separatista. ¡Cuánto sufrimiento!

Sobre la importancia de los comienzos o primeras acciones:

«Quitóle Tilio Cimbro la toga de los hombros (a Julio César), y luego Casca el primero le dio por las espaldas la primera puñalada. Rey que se deja quitar la capa, da ánimo para que le quiten la vida». «Esta primera herida, dice Plutarco que no fue de peligro, fue la mortal con la primera, pues dio determinación a las otras».

A la democracia española y a la Constitución le ha pasado en cierto modo como a César. El nacionalismo catalán y vasco le dieron una primera puñalada al tirar abajo la LOAPA, aquel primer intento de evitar las sucesivas cuchilladas de los Estatutos o las leyes de Normalización del Catalán, por poner algunos ejemplos, y casi todas las leyes educativas o las sentencias del TS y el TC.

Sobre la ceguedad de los políticos y los partidos mayoritarios:

«Asió César a Casca la mano con el puñal, y con grande voz le dijo en latín: Malvado Casca, ¿qué haces?. Tiene César en la mano la empuñadura de la espada que le hirió y pregunta gritando al homicida lo que hace, habiéndoselo dicho el golpe y la sangre». «Quien pregunta lo que padece, con razón padece, y sin remedio, lo que pregunta. No puede ser mayor ignorancia que preguntar uno lo que ve».

Desde que escribí el Manifiesto de los 2300 cuántas veces  me he encontrado con personas que ni ven ni quieren ver lo que tienen delante, que niegan la naturaleza perversa y homicida del nacionalismo, que niegan todo lo que ha ocurrido y está ocurriendo día a día en Cataluña. Los que estamos aquí, estoy seguro de que todos nos hemos atrevido a ver el puñal y la sangre y a denunciarlo. Seguimos y seguiremos, porque esta guerra todavía no ha terminado.

 

Hablo de guerra, pues lo primero que hemos de perder es el miedo a las  palabras. El primer campo de batalla de esta guerra es el lenguaje. Paz, tolerancia, diálogo, consenso son palabras que han sido prostituidas y ya no sirven más que para encubrir la mentira, el engaño, la claudicación y la derrota. Recordemos a Unamuno: «Primero la verdad que la paz. Antes quiero verdad en guerra que mentira en paz». Y distinguía entre guerra civil y guerra incivil. Sí, estamos inmersos en una guerra civil democrática decisiva en la que está en juego la pervivencia de la nación española como garantía de la igualdad de derechos y libertades de todos los españoles. Una guerra que, si no tenemos capacidad suficiente para evitarlo, acabará inexorablemente en guerra incivil, o sea, cruenta. Para evitarlo, lo primero que hay que abandonar es «el pensamiento débil». Me refiero a las múltiples artimañas mentales y psicológicas con que todavía una mayoría de intelectuales, políticos, responsables económicos, judiciales, etc., abordan los procesos independentistas puestos ya en marcha. La falta de claridad mental va a unida a la debilidad política y la cobardía democrática. Voy a poner sólo dos ejemplos recientes.

Javier Cercas, en El País (10-7-21) escribió: «Yo aspiro a una Cataluña integrada en una España federal integrada en una Europa Federal integrada en un mundo federal que postuló B. Russell». Le faltó añadir «… integrado en una Galaxia Federal, integrada en un Universo Federal Cuántico…» ¿A dónde conducen estas ocurrencias?

Javier Marías, casi siempre agudo y acertado en sus opiniones, he aquí, sin embargo, cómo la falta de claridad le lleva a defender otra forma de «pensamiento débil» frente al desafío independentista. Escribe en El País (7-5-22): «A mí no me preocupa mucho si Cataluña se independiza o no. Personalmente no soy nada patriota español. Escribí que si yo fuera catalán no me preocuparía la posible independencia, sino la posible independencia hecha por estos individuos y quedar en manos de esta gente, que es absolutamente totalitaria».

Frente a la cruda realidad del proceso separatista, que ha causado y está causando una enorme cantidad de sufrimiento, discriminación e injusticias, uno apela a un federalismo abstracto y galáctico, el otro cree que es posible un independentismo bueno y no totalitario.

Apelemos a un pensamiento fuerte, claro, sin complejos, que marque los términos de cualquier debate en un terreno previamente definido por nosotros. No vayamos más detrás del discurso independentista, federal, plurinacional, populista, buenista, identitario. Rechacemos de antemano toda la basura terminológica y mental que ha dejado yermo el campo de las ideas y del pensamiento crítico. Proclamemos la voluntad insobornable de ser libres. Preparémonos para todo tipo de engaños y maniobras en las el texto constitucional acabará siendo tan prostituido y pervertido que servirá para la propia demolición del Estado. Frente a todo ello seamos beligerantes, intransigentes en la denuncia y preparémonos abiertamente a la lucha.

Como dice Pedro Insua, no basta ya con los escudos, necesitamos desenvainar la espada. Si el último recurso con que una sociedad se salva a sí misma es el miedo a su propia destrucción, venzamos a ese miedo y al derrotismo, despertemos la confianza y la fe en nuestras propias fuerzas. Porque somos muchos, pero tenemos que ser muchos más.

Barcelona, Hotel Evenia, 6 julio 2022 (fotografía de Cristina Casanova)


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TV3, el tamborilero del Bruc del procés

Sergio Fidalgo relata en el libro 'TV3, el tamborilero del Bruc del procés' como a los sones del 'tambor' de la tele de la Generalitat muchos catalanes hacen piña alrededor de los líderes separatistas y compran todo su argumentario. Jordi Cañas, Regina Farré, Joan Ferran, Teresa Freixes, Joan López Alegre, Ferran Monegal, Julia Moreno, David Pérez, Xavier Rius y Daniel Sirera dan su visión sobre un medio que debería ser un servicio público, pero que se ha convertido en una herramienta de propaganda que ignora a más de la mitad de Cataluña. En este enlace de Amazon pueden comprar el libro.

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Etiquetas: Manifiesto de los 2.300nacionalismoSantiago Trancón
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