Los medios de comunicación privados catalanes, subvencionados por la Generalitat, son también culpables

Una triste realidad. Para mantenerse, los principales medios de comunicación privados en Cataluña dependen de las generosas subvenciones de la Generalitat de Cataluña a causa del cataclismo económico que la crisis causó en el mundo de la comunicación (y por la incapacidad de estas cabeceras para transformarse rápida y eficientemente al entorno digital. Por miedo a perder estas subvenciones, en gran parte, y por falta de decencia más que por convencimiento ideológico, por el otro, sus líneas editoriales y contenidos han favorecido el inicio, el crecimiento y el sostenimiento del activismo político y social separatista en Cataluña. Han contribuido a la labor que de forma muy eficiente realizan TV3 y Catalunya Radio, las herramientas de propaganda del régimen.

Sin embargo, todo empezó en el momento en que estos medios renunciaron a toda su profesionalidad, objetividad y decencia al publicar el editorial conjunto contra el recorte del nuevo Estatut por parte del Tribunal Constitucional en 2009.

¿Cuál ha sido su papel en “el proceso”?

Durante los últimos cinco años estos medios se han dedicado a presentar una visión de la realidad política y social catalana que no se corresponde con la realidad. Han pintado una Cataluña mayormente independentista y a España como un estado atrasado y poco democrático. Han argumentado que el proceso era un movimiento que nacía del pueblo y que los políticos seguían, cuando fue precisamente al revés. Un movimiento orquestado desde arriba con la intención de captar adeptos para la causa a través del esfuerzo propagandístico. Han contribuido a crear división y, sobre todo, miedo (a expresarse de forma libre contra el separatismo) en la sociedad catalana. Han hecho que la mayoría no independentista sea silenciosa. Han sido muy poco críticos con los políticos nacionalistas y extremadamente duros con los políticos constitucionalistas. Han exagerado la participación en manifestaciones. Han dado mayor visibilidad a los contenidos favorables a los intereses de los separatistas. Han apelado de forma ambigua al diálogo como solución para todo sin criticar los ataques a la democracia de los partidos nacionalistas. Han escondido o negado la fuga de empresas de Cataluña a Madrid. Han reiterado hasta la saciedad que el recorte del Estatut es el origen de todos los males cuando saben que no es cierto. Han intentado negar que la crisis económica fuera una de las chispas para el prendimiento del movimiento separatista. Sobre todo, han tergiversado, manipulado declaraciones, informaciones y noticias procedentes de políticos, escritores, intelectuales, otros medios u otros países.

El portal Dolça Catalunya, que ha hecho mucho más que cualquier partido político o que el Gobierno de España por defender los derechos, la libertad de expresión y la dignidad de los catalanes no nacionalistas, se ha encargado durante estos años de cansino horror procesista de identificar, desmontar y denunciar muchas de las mentiras y manipulaciones de estos medios que tanto daño han hecho a Cataluña y a España.

Yo acuso a:

La mayor parte de mi acusación recae sobre “La Vanguardia”. Un periódico que destacaba por su moderación, objetividad, seriedad y contaba con un gran prestigioso –todavía hoy uno de los mejores en información internacional– hasta el inicio del dichoso “procés”. En 2012 José Antich decidió tirarlo al monte junto a Artur Mas y convertirlo en una herramienta de propaganda. Un Antich quien, por cierto, en su etapa del País era muy crítico con el nacionalismo catalán.

Bajo la dirección de Marius Carol, que en sus artículos siempre intenta esquivar el monotema, “La Vanguardia” ha disimulado un poco más su apoyo al separatismo, pero mantiene en plantilla y da mucha visibilidad a los escritos de reporteros de política extremadamente sectarios como Quico Sallés o Francesc Marc Álvaro. Recientemente, además censuró y purgó al escritor Gregorio Morán.

“El Periódico” es también cómplice del “procès” porque ha sido durante estos años impulsor del concepto del supuesto “derecho a decidir” y se ha cebado mucho más con el Gobierno de España que con los líderes nacionalistas.

Incluso “Segre”, el principal grupo de comunicación de mi ciudad de origen, Lérida, (en el que, por cierto, trabajé fines de semana y veranos mientras completaba mis estudios universitarios y donde me trataron muy bien teniendo en cuento los humildes recursos), experimentó una progresiva transformación de la línea editorial en favor del separatismo y ha amplificado la fuerza y presencia del separatismo en la provincia. El director del periódico, Juan Cal, desde sus inicios bastante moderado y sensato en sus artículos y preocupado ante todo por los intereses de Lleida, no es ahora distinguible de los columnistas del “Ara”.

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