Si hay una demostración palpable que la afición azulgrana no existe como tal, y que ya solamente es un conjunto de seres que o aplauden o ceden sus localidades a los turistas, es el culebrón de los continuos retrasos en las eternas y faraónicas obras del Nou Camp Nou.
Joan Laporta ha tomado el pelo a los socios de una manera descarada. Primero, al elegir una empresa sin apenas experiencia en construir macroestadios, que parecía muy evidente que no iba a cumplir ni con los plazos, ni con el precio indicado. Después, vendiendo a los socios unos retrasos injustificables con excusas más que peregrinas.
Pero lo más sorprendente ha sido la total falta de respuesta por parte de una afición que se ha negado a protestar ante los continuos incumplimientos por parte de la directiva. La buena marcha del equipo ha tapado todo lo que ha hecho Laporta, tanto a nivel económico como a nivel social.
Gracias al buen oficio de Lamine Yamal y de Hansi Flick Joan Laporta ha gozado de una impunidad absoluta. El expresidente culé Josep Lluís Núñez decía que al socio culé no se le podía engañar. Se ve que eso ha cambiado con Joan Laporta firmemente instalado en el palco azulgrana.
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