La monarquía parlamentaria, tal y como recoge nuestro redactado constitucional, es la forma de Estado más conveniente para un país como el nuestro. De hecho, con las luces y sombras que siempre acompañan a todo en la vida, apuesto por una Jefatura del Estado en manos de un monarca como el que hoy, por coincidencia con mi generación y por ende proximidad y empatía, encabeza el rey Felipe VI.
Por ir al grano y resumir, la razón fundamental a la hora de optar por el modelo de relevo en el ámbito cerrado a la familia real, tiene que ver con la realidad que acompaña la gobernabilidad de España desde el perímetro de la política. El actual monarca, una persona honesta, formada y capacitada, demuestra de forma reiterada que está a años luz del nivelazo que vemos al mirar los ocupantes de sillones en nuestro Congreso y Senado. Cuesta entender que debamos soportar a tanto mediocre sabiendo que éstos son elegidos libremente por los españoles en las urnas. No me imagino tener que votar, también, para elegir a un jefe del Estado partiendo del nivel que vemos a diario. Prefiero el modelo que ya tenemos.
Salvando algunas excepciones, que se aglutinan en las bancadas de lo que ahora es la oposición parlamentaria al sanchismo, podemos decir que, en términos generales y atendiendo al grado de degeneración al alza del rojerío, desde el impresentable ZP al insuperable Sánchez, estamos inmersos en el peor momento de imagen y de vínculo de la ciudadanía con sus órganos de gobierno y decisión. La visión generalizada, al opinar de nuestros políticos, es que dan bastante pena.
Por eso, consciente del grado de perversión que acompaña al actual Gobierno de España, puede ser conveniente pedir a la Casa Real que deje de aceptar y asumir como propios esos discursos conniventes con un poder político que ha fundamentado su gobernabilidad en la traición a la nación española. Tanto la actual como, escuchando a nuestro monarca, nuestra historia de hace más de 500 años. El orgullo y nuestra contribución debería ser lo que primara, guste o no guste.
Los usos y costumbres del lejano pasado no se puede baremar con los criterios actuales. Por eso, no le veo lógica a una petición de perdón por la conquista y colonización. Nuestra generación, que va a desarrollar su mayor parte de vida en el siglo XXI, poco tiene que ver con la realidad de aquellos momentos. De hecho, sólo las ansias de focalizar y dar protagonismo, removiendo el pasado a conveniencia electoral, justifica que tengamos que revivir cíclicamente la Guerra Civil en España o el desembarco de Colón en tierras del otro lado del Atlántico.
Quedémonos con dos evidencias: la primera, la incomodidad de nuestro rey al verbalizar ese discurso a petición de un Gobierno rastrero que le habrá exigido tal muestra de debilidad y, segundo, la suerte que han de reconocer los residentes en Hispanoamérica al poder ser herederos nativos de esa tierra en donde viven en libertad, mandan y gobiernan. Algo impensable para, por ejemplo, las minorías residentes en las reservas indias de Norteamérica.
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