Los castellanos, Felipe V y la CUP

Con motivo del hermanamiento de la ciudad de Xàtiva con la de Lleida, la Crida, CUP local, ha colgado esta nota de prensa en las redes. Léanla con atención y observen todo un ejemplo de cómo se manipula la historia con un claro objetivo etnicista sin importar un pimiento que lo que se diga sea verdad o no.

En el texto, los cuperos apuntan hacia dos culpables, dos clásicos odiados por el catalanismo radical: los castellanos y Felipe V. Según afirman,  los castellanos y el Borbón fueron los causantes de las desgracias de ambas ciudades hermanadas allá por 1707. Por un lado, el castellano ha sido el enemigo por antonomasia del independentismo catalán, origen de todos los males de Cataluña y que aún hoy, podemos ver como gente supuestamente formada lanza ataques de una xenofobia vergonzante hacia todo un colectivo  con la más absoluta impunidad.

Dejando de lado obsesiones xenófobas, cabe preguntarse si realmente los “castellanos” fueron los responsables del asedio y saqueo de la ciudad de Lleida en otoño de 1707. Por suerte, se conservan relaciones detalladas de ambos bandos con el listado de las unidades que asediaron la ciudad. El total del ejército estaba formado por una infantería compuesta por cuarenta y siete batallones y  una  caballería que sumaba cincuenta y nueve escuadrones. Treinta y nueve de los batallones de infantería eran franceses, unos once mil setecientos hombres, y los ocho restantes dependían del rey Felipe, sumando otros dos mil cuatrocientos. Tres de los batallones eran valones (belgas), uno navarro y otro de Vitoria. Los otros tres eran de las Reales Guardias Españolas, donde no era raro encontrar soldados catalanes afectos a los borbones. Del total de la fuerza, unos ochocientos serían castellanos de pura cepa siendo optimistas. Es decir, sólo el cinco por ciento de la infantería era “castellana” en el ejército “castellano”.

Respecto a la caballería la proporción de “españoles” era mayor, pero cuando se observa con detenimiento lo “castellano” vuelve a diluirse. Veintiséis de los escuadrones (unos dos mil trescientos jinetes) eran franceses, por treinta y tres españoles (cerca de tres mil). De ellos, como mínimo catorce estaban formados por jinetes catalanes, italianos, vascos e irlandeses. Es decir, que como mucho los “castellanos” serían sobre mil quinientos, un 28% del total de la caballería.

Resumiendo, la presencia castellana en el ejército de invasión que atacaría Lleida en septiembre-octubre de 1707 era de unos dos mil trescientos soldados que aportaban un escaso 12% del total de la fuerza borbónica. Escasa presencia pero simbólica, sobre todo si tenemos en cuenta que entre sus filas se encontraba el general Villarroel, futuro defensor de Barcelona en 1714. Vamos, de “traca i mocador”.

Estas cifras son harto conocidas y fáciles de encontrar. Incluso historiadores locales claramente nacionalistas afirmaban ya en los años cincuenta del pasado siglo que dicho ejército era predominantemente francés. Pero no dejen que la verdad impida vilipendiar al archienemigo. Luce más criminalizar al mesetario en las mentes cuperas.

El otro criminal, el otro culpable es Felipe V. El capo, el responsable de la atrocidad, el Borbón liquidador de “Libertades”, “Constituciones” y todo eso que queda muy bien al decirlo, pero que a la hora de la verdad se trataba de un paquete legislativo feudal que le iba de perlas a la oligarquía catalana. Pero visto el precedente castellano; ¿realmente tuvo algo que ver el rey Felipe en lo que sucedió en Lleida?  Pues no.

Aquel ejército lo comandaba el duque de Orleans, primo del rey  y aspirante al trono de España.  La maquiavélica idea de mandar a la Península al duque fue de Luis XIV, que lo destinó a España para presionar a su nieto Felipe. La guerra iba mal, y parece ser que le  amenazó con sustituirle en el trono por Orleans si no empezaba a ver resultados. Milagrosamente para Felipe, el duque de Berwick le dio la del pulpo al ejército aliado en Almansa el 25 de abril de 1707. A Berwick le salió casi sin querer una doble envolvente durante la batalla que dejó sin ejército de campaña a Carlos de Austria, y eso días antes de la llegada al frente de Orleans. Una carambola que bien valió una corona.

Orleans llegó tarde, así que necesitaba colgarse una medalla si quería continuar en el juego. Cabreado y deseoso de conseguir un triunfo que eclipsara lo de Almansa, decidió atacar Lleida a pesar de que el año estaba muy avanzado y que sus defensas eran de lo mejorcito que se podía encontrar en toda la Corona de Aragón.

Al ver que Orleans arriesgaba todo a una carta,  Felipe y su inseparable amiga de conspiraciones, la princesa de los Ursinos, hicieron todo lo posible para que se estrellara. Le negaron el uso del tren de sitio que tenía en el norte para enviárselo desde Sevilla, entorpeciendo su trayecto al frente todo lo posible, animaron a Berwick que creara cizaña en el campamento e intrigaron todo lo que pudieron para que la ciudad no cayera. Según Castellví (Narraciones Históricas, Vol. II, página 385), citando L’Histoire publique et sécrete de la Cour de Madrid, impreso en Colonia en 1719, lo de las maquinaciones de la princesa y Felipe para entorpecer la estrella militar de Orleans fueron más que evidentes. Es decir, por irónico que resulte, Felipe V hizo todo lo posible para que Lleida aguantase, no porqué le diera por perdonar a los moradores de esa ciudad rebelde, sino por fastidiar al entrometido de su primo.

Contra todo pronóstico y sobre todo debido a las profundas divisiones en el seno de la guarnición austracista que defendía Lleida, la ciudad cayó y fue saqueada durante ocho horas. Se quemaron las casas de los líderes austracistas, unas cincuenta, perfectamente señaladas para los foráneos por los borbónicos locales. Se robó y se asesinó, como en el localmente conocido convento del Roser donde según Castellví, informado del asunto por el testigo Miquel Ramon i Tort, murió el padre Domingo Barrientos y tres personas más a manos de un pelotón de saqueo.

Eso último, como lo de los castellanos y el Borbón, no se lo digan a alguien de la CUP, porque donde Castellví dice cuatro ellos dicen setecientos. No les pidan fuentes primarias. No se las darán porque no existen, pero, ¿para qué quieren conocer la realidad pasada cuando la inventada es la que realmente apuntala su proyecto secesionista?

Por notas de prensa como está es por la que vale la pena que los historiadores nos movilicemos dando datos, abriendo el debate, explicando el pasado, desenmascarando mitos e invenciones. Por eso es necesaria la Associació d’historiadors de Catalunya Antoni  de Capmany que justo empieza a dar su primeros pasos.  Queda un largo y apasionante camino por recorrer, muchos entuertos que enmendar y muchos foros donde debatir.

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