Sin la continua presión de la CUP no se habría llegado a la celebración de los llamados “plenos de la vergüenza” en la cámara autonómica catalana el 6 y el 7 de septiembre de 2017, cuando Partido Popular y Ciudadanos acabaron aplaudiendo a un diputado ecosocialista, Joan Coscubiela, por su apasionada defensa de los derechos políticos de la oposición que estaban siendo pisoteados por los antisistema y los diputados de ERC y JxCAT.
Y es que la CUP ha sido el auténtico motor de la radicalización del independentismo. Pero, curiosamente, siempre se libran, porque quienes acabaron ante el Tribunal Supremo y en prisión fueron los líderes de Esquerra y de Junts per Catalunya.
Los más radicales, los antisistema, los que quieren destrozar la democracia española para proclamar una República catalana de corte totalitario no sufrieron daños del intento del golpe de Estado del 1-O, mientras que los dirigentes de Esquerra Republicana y Junts per Catalunya, han quedado descabezados entre prisiones, fugas y otras penas de menor gravedad.
ERC no ha aprendido y está intentando continuar por el mismo camino, el de arriesgarse a que la CUP le marque la política a seguir durante la próxima legislatura. Y las consecuencias acabarán siendo muy similares a las que padeció Puigdemont, porque los antisistema no están para gobernar, sino para, haciendo honor a su denominación, reventar el sistema democrático.
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