A pesar del miserable Governet que tenemos, supremacista hasta el punto de negar vacunas a las policías «españolas» que actúan en Cataluña – Guardia Civil y Policía Nacional -; a pesar de que personajes despreciables como Quim Torra, cuyos artículos racistas deberían sonrojar a todo el separatismo, siguen cobrando del erario público; a pesar de tener unos políticos inútiles que han condenado a la economía catalana, sobre todo a la hostelería, a la ruina; a pesar de que tenemos unos partidos independentistas que solo buscan destruir la convivencia; a pesar de todo ello, Cataluña sigue viva.
Y con más ganas de vivir que nunca. Daba gusto ver las terrazas de la plaza Real llenas – hasta el toque de queda de las 17:00, que a las 17:01 el Covid acecha a los usuarios de los bares; a la gente paseando por el paseo de Gracia con su libro y su rosa; a los vendedores improvisados de flores acabando sus existencia para pagarse el viaje de fin de curso; a los lectores hojeando en un banco la novela que acababan de comprar o recibir como regalo. Todo ello en un día soleado. Muchos con ganas de lucir palmito, vestidos de domingo, que los ropajes adquiridos online en tardes de aburrido confinamiento se han de mostrar urbi et orbi.
Va a costar volvernos a encerrar, sobre todo si el 4-M Isabel Díaz Ayuso cumple los vaticinios y arrasa en las urnas madrileñas. Alguien tendrá que explicar porque en la capital han podido alternar vida, economía y respeto a las medidas sanitarias sin tener unos índices de contagio mucho peores que los de Cataluña. Aquí arruinados y encerrados, allí intentando salvar las empresas que dan empleo, y que evitarán los suicidios del mañana por la depresión que conlleva el desempleo.
Vienen tiempos de esperanza. Algún día nos vacunarán. Algún día los negocios volverán a abrir y podremos recuperar la noche que nos han arrebatado. Y, sobre todo, algún día los catalanes se darán cuenta que la pesadilla que vivimos no ha sido causada solo por el virus. O mejor dicho, sí que lo ha sido por un virus, pero no el del Covid-19, sino el del supremacismo separatista.

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