En una reciente declaración que ha generado revuelo en el panorama político catalán, Gabriel Rufián, portavoz de ERC en el Congreso, ha propuesto la creación de una unión de partidos independentistas y de izquierda. La idea, que a primera vista puede parecer una estrategia para superar el estancamiento político catalán, no ha tardado en levantar suspicacias dentro y fuera del propio bloque independentista. Más allá de la grandilocuencia del planteamiento, la propuesta revela varias grietas tanto en su forma como en su fondo.
Rufián habla de una coalición “histórica” que aglutine a partidos como ERC, BNG, Compromís, Bildu y otras formaciones similares en una especie de nueva plataforma progresista. En un primer momento también contaba con Podemos, pero el reciente enfrentamiento entre Pablo Iglesias y Oriol Junqueras sobre la cesión de la competencia de inmigración a Cataluña hizo que Rufián les dejara, de momento, fuera de su propuesta.
Las diferencias ideológicas, tácticas y de visión a largo plazo entre estos partidos han sido, y siguen siendo, abismales. De hecho, la formación de Rufián, ERC, le ha desautorizado de manera contundente, pero este diputado no se ha dado por enterado, demostrando que ya va por libre dado que ve que su futuro en esta formación no es especialmente esplendoroso.
Su figura es muy cuestionada por amplios sectores de Esquerra, ya que le acusan de estar más preocupado por el futuro de la izquierda a nivel nacional que de luchar por la independencia de Cataluña. Esta propuesta podría servir para que Rufián se reconvierta en líder de una futura confluencia de izquierdas.
Uno de los principales problemas de la propuesta de Rufián es su indefinición. Apela al reciente pacto para las elecciones europeas con Bildu y el BNG como experiencia similar que funcionó, pero el contexto electoral es muy diferente, al ser estos comicios de circunscripción única a nivel nacional, lo que facilita este tipo de acuerdos en una cámara que, además, es poco conocida por los electores.
No queda claro si esta unión pretende ser una mera coalición electoral, una plataforma parlamentaria o un frente social más amplio. Tampoco se especifican los objetivos concretos más allá del vago anhelo de “transformación”. Por otro lado, resulta paradójico que la propuesta venga precisamente de Rufián, una figura que ha generado tanta expectación como rechazo, incluso dentro de su propio partido. Su estilo comunicativo directo, a veces bordeando el populismo, ha sido eficaz en el Congreso, pero no necesariamente útil para construir puentes entre actores tan dispares. Muchos lo ven como un político más preocupado por el titular que por el trabajo de fondo.
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