La publicación del último sondeo del Centre d’Estudis d’Opinió (CEO) ha desatado el pánico en las cúpulas separatistas. La encuesta, que otorga 19 escaños a Aliança Catalana, ha puesto en jaque la cómoda hegemonía de ERC y Junts per Catalunya. La estrategia de ambos partidos ahora se centra en un peligroso juego: evitar la fuga de votos hacia el radicalismo.
El partido de Sílvia Orriols está capitalizando el desencanto y la frustración. Su mensaje, de corte xenófobo y ultranacionalista, atrae a votantes que consideran a ERC y Junts demasiado tibios. Ambos partidos se ven obligados a reaccionar, y lo hacen con la única herramienta que conocen: la radicalización del discurso.
Esquerra Republicana de Catalunya (ERC) intenta equilibrar dos platos que se caen. Por un lado, buscan mantener su supuesta imagen de «partido de gobierno», clave en sus acuerdos con el PSOE en Madrid. Por otro, deben demostrar que siguen siendo fervientes separatistas. Esta esquizofrenia política se traduce en una retórica ambigua y contradictoria.
La estrategia de ERC se basa en presentar a Orriols como una amenaza. Buscan acorralarla ideológicamente, pero sin criticar el fondo secesionista que comparten. Es una táctica de desgaste moral que rara vez funciona en la política de bloques.
Junts per Catalunya, por su parte, ha optado por un camino aún más arriesgado. Su líder, Carles Puigdemont, busca recuperar la bandera de la confrontación directa. El objetivo es presentarse como la única alternativa que ofrece un choque frontal contra el Estado. Este retorno a la épica del Procés busca desactivar el argumento de Aliança Catalana sobre la inacción.
La ironía es flagrante. Junts es el partido que ha negociado la Amnistía y el que sostiene al Gobierno de Pedro Sánchez. Ahora, forzados por la presión electoral, intentan volver al papel de líderes antisistema. Es una maniobra de prestidigitación política que revela una profunda falta de principios. El reciente nombramiento de un fanático ultranacionalista, Salvador Vergés, como portavoz de Junts en el Parlament intenta contrarrestar el auge de Orriols.
Esta competencia por el extremismo no solo es perjudicial para Cataluña. Demuestra que el proyecto separatista carece de un plan serio. El único motor de su agenda es el miedo a perder poder. Se tiran los trastos a la cabeza, priorizando la cuota de poder sobre la estabilidad institucional. Y no olvidemos que tanto ERC como Junts son fieles aliados de los socialistas, tanto en la política local, autonómica o nacional. Ahí están los recientes presupuestos pactados por Junts y PSC en Tarragona. Esta radicalización arrastrará al PSC a endurecer aún más la política lingüística en contra del uso del castellano.
En lugar de aprovechar el momento para reconducir el debate hacia la moderación, los partidos mayoritarios han elegido hundirse en la espiral extremista. La política catalana se convierte así en un espectáculo de identidades cada vez más agresivas. La ciudadanía queda como rehén de esta batalla interna por la bandera más radical. La estrategia de ERC y Junts solo conseguirá legitimar la presencia de los postulados más duros en el Parlament.
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