Llengua comuna? Ja en tenim una! Un análisis sobre Plataforma per la llengua

El nacionalista siempre oscila, como la varilla de un metrónomo, entre la ensoñación arrobada (som una nació), y el frenesí histérico de su contrapuesto (hem de fer país). Es posible que sea la conciencia de la contradicción de este estado de personalidad desdoblada la causa de que la sonrisa se les vaya marchitando hasta convertirse en la mueca de odio xenófobo que ha hecho de Joaquim Torra nuestro/su presidente sin despacho (ni nada que despachar).

Viene esto a cuento de la reciente campaña de Plataforma per la llengua que, clausurada el sábado, 19 de mayo, en una fiesta más bien discretita, ha invitado por décimo año consecutivo a los inmigrantes a buscar su integración compartiendo el catalán como medio de comunicación.

Como todo lo que el nacionalismo pone en marcha, la campaña parece respirar buenismo, cuenta con caras bien conocidas de “inmigrantes” que la apoyan, se traduce en eslóganes eufemísticos y busca lugares comunes de moda con los que es difícil no estar de acuerdo, pero esos aderezos apenas sirven para disfrazar el proyecto de sustitución lingüística que la dirige. Su planteamiento tiene ciertos defectos estructurales que será bueno analizar.

En primer lugar, como es bien sabido, la lengua es el instrumento de combate del que se ha valido el nacionalismo para dar cuerpo a sus reivindicaciones. La “ONG de la lengua”, como se autodenomina la citada Plataforma, nació para proporcionar un vehículo común y ordenado a iniciativas, más o menos dispersas, que apenas pasaban de la pintada reivindicativa: No et mengis la llengua o Un sol poble, una sola llengua, que hubieran merecido réplicas semejantes a la que titula este escrito: “… sobretot l’espanyola”, la primera, y “…I és clar, l’espanyol”, la segunda. Sea como sea, la Plataforma ha recibido en un período de 6 años subvenciones por valor de 4 millones de euros, esto es, 666.666,66 euros por año (el número da escalofríos, tiene un no-sé-qué diabólico).

Difundió el año pasado una aplicación para móviles que permitía listar aquellos comercios de Cataluña en los que, a juicio de los usuarios de la App, el catalán no era la lengua de uso preferente. Esta campaña fue denunciada en su momento por la diputada de ALDE Teresa Giménez Barbat ante la UE por vulnerar la Carta de Derechos Fundamentales de la Unión.

En el año 2008, se lanzó el Manifiesto Català, llengua comuna y se dio publicidad por primera vez a la campaña. Veintitrés asociaciones de inmigrantes planteaban un conjunto de exigencias y recomendaciones que se condensaban en el eslogan.

Comenzaban ofreciendo sus lenguas y culturas de origen para enriquecer este país (las debían ofrecer en sacrificio, porque el objetivo perseguido era su sustitución por la “lengua común”). A continuación abrazaban un dogma fundamental del catalanismo político y su corolario sin ulterior justificación: “no se debe segregar a los alumnos en la escuela por razón de lengua y, por tanto, el catalán debe ser la lengua vehicular de la enseñanza”.

El axioma suena razonable pero, si sustituimos segregar por separar, pierde una parte sustancial de su capacidad de seducción. A los alumnos se les separa en las escuelas de acuerdo con su nivel de conocimiento de la lengua extranjera en las clases de idioma y no ocurre nada, se les separa por sus optativas o por sus preferencias deportivas y no ocurre nada. En ninguna de esas ocasiones se produce segregación alguna.

Naturalmente, para ello es indispensable que las instituciones estén atentas y sean extremadamente respetuosas en el mantenimiento del prestigio de cada una de las comunidades lingüísticas (al revés de lo que se viene haciendo hasta ahora: la llengua dels invasors, dels colons, etc).

A las personas no se las debe segregar, es decir, no se deben menoscabar sus derechos ni hacerlas objeto de un trato diferenciado que no esté justificado en función de sus necesidades. Y punto. Separarlas porque su lengua materna es una u otra, para asegurar de esta manera una formación más adecuada a sus necesidades no es segregación, sino respeto a la diversidad y fomento de la igualdad de oportunidades. De un axioma falaz, no se deriva conclusión legítima alguna. Es decir, no está justificado que el catalán deba ser la lengua vehicular de la enseñanza.

El punto VIII, el Manifiesto sostiene que el catalán es sinónimo de cohesión. “La lengua es el mejor vehículo para crear comunidad”, dice, “más allá de la comunidad cultural de cada uno”. Pero, ¿no se dan cuenta de que lo que predican es la demostración de la falsedad de sus tesis? ¿Qué ha ocurrido con el español?

Su uso común no debe haber sido capaz de “crear comunidad”, cuando entre sus hablantes no sólo no se han reforzado los vínculos, sino que han aparecido focos de discrepancia –como el que la Plataforma representa–  que pretenden hacerlo desaparecer de la vida escolar y pública. ¿O, tal vez, estos focos han surgido porque el catalanismo político ha hecho todos los esfuerzos posibles para hacer desaparecer el español de Cataluña?

Si los argumentos empleados fueran consistentes, si la universalización del uso de una lengua fuera la garantía de la cohesión social, deberíamos aprovechar el español, al servicio de idéntico objetivo pero con una altura de miras más elevada (no por ser mejor, sino por su mayor extensión). O el inglés, al servicio de la integración de la UE, objetivo aún más amplio y no menos deseable. O, para los más soñadores, el esperanto, para conseguir una Humanidad cohesionada y libre de conflictos.

Por favor, dejen de utilizar el dinero público –que reciben a espuertas– para campañas que persiguen objetivos políticos. Y no nos vengan con cuentos, la manera como entienden ustedes la cohesión social es la de la horma, o te acomodas a ella o a martillazos contigo. Su propósito no es loable, lo que tratan de hacer es sumar adeptos a las filas del nacionalismo esencialista, de ganarse acólitos para su fe. Por eso, mi respuesta es Català, llengua comuna? No, gràcies, ja en tenim una.

Antonio Roig

 

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