La xenofobia en Esquerra Republicana, desde sus orígenes a la actualidad

Oriol Junqueras / Facebook

Cuando se piensa en el supremacismo catalán, los primeros casos que vienen a la mente son los protagonizados por políticos nacionalistas de signo conservador. Así, todo el mundo recuerda al president Quim Torra tratando de “bestias taradas” y “carroña” a los catalanes castellanohablantes, o al expresident Jordi Pujol refiriéndose al “hombre andaluz” como un ser “destruido” y “falto de mentalidad”.

Sin embargo, un partido de izquierdas como Esquerra Republicana de Cataluña también ha contado a lo largo de su historia con destacados dirigentes supremacistas. Uno de los casos menos conocidos —pero más reveladores— lo encontramos en Pere Rosell i Vilar, diputado de ERC en el primer Parlament de Cataluña durante la República y uno de los principales ideólogos del racismo catalanista.

Quien dude de su hispanofobia no tiene más que asomarse a obras como Diferències entre catalans i castellans: les mentalitats específiques (1917) o La raça (1930). En ellas, defendía supuestos tales como que “la raza ha de mantenerse pura” o que la “lengua [catalana] puede adquirirse, pero la mentalidad no”.

El racismo que supuraban aquellos textos también afloraba en sus discursos en el Parlament. Por ejemplo, en 1933 se expresó en estos términos a cuenta de la ingente llegada de ciudadanos extremeños y andaluces a tierras catalanas: “Si nos dejamos absorber por esta afluencia continua de inmigración, corremos el peligro de que la cultura catalana sufra un gran golpe, como ocurre siempre que hay mezclas de raza. Cuando las razas se mezclan, no producen nada, no hacen avanzar la cultura, no crean nada propio”. Por este motivo, y ante semejante “alud inmigratorio”, Rosell no veía otra salida que defender activamente “la raza catalana, en el sentido de no dejarse absorber por el elemento forastero”.

Otro dirigente republicano que no le anduvo a la zaga a Rosell en cuanto a racismo fue Heribert Barrera, fallecido en 2011. De gran relevancia dentro de ERC y del catalanismo en general, Barrera fue secretario general del partido entre 1976 y 1987 y su presidente de honor durante la primera mitad de los noventa —sin olvidar que presidió el parlamento catalán durante los primeros ochenta—. Tan prominente posición, sin embargo, no le impidió airear proclamas tan racistas como: “Los negros tienen un coeficiente inferior al de los blancos” o “la solución ante el paro es expulsar a los inmigrantes: nos roban el trabajo”. Por otra parte, su ferviente catalanismo también le condujo a opinar que “antes hay que salvar a Cataluña que a la democracia” o que “el bilingüismo implica la desaparición de Cataluña como nación”.

Resulta significativo que uno de los mayores admiradores de Heribert Barrera sea el actual presidente de ERC, Oriol Junqueras. En un artículo publicado en 2012 bajo el título Estel de tramuntana, el líder republicano —ahora procesado por rebelión— no dudaba en considerar a Barrera un “faro” y un “ejemplo a seguir”. A nadie sorprenderá, pues, que unos años antes, en otro artículo del diario Avui, Junqueras hiciese gala de un supremacismo similar al de su tutor ideológico. En el texto, llamado Proximidades genéticas, se apoyaba en un estudio de una revista extranjera para ahondar en las supuestas diferencias genéticas entre los catalanes y el resto de españoles. En este sentido, destacaba que los españoles tuvieran “más proximidad genética con los portugueses que con los catalanes y muy poca con los franceses”. Y terminaba añadiendo: “Curioso…”.

En cualquier caso, para el historiador y ensayista Ricardo García Cárcel el “elemento supremacista es indiscutible en ERC, pero también en el nacionalismo catalán de cualquier perfil”. Y es que, según García Cárcel, se trata de una ideología que se nutre de dos arquetipos de España, ambos peyorativos. “Por una parte, los nacionalistas suelen burlarse de la España de Alfredo Landa. Es decir, de un país cutre, atrasado, pintoresco, etcétera. Esto les permite sentirse superiores. Por otro, denuncian sin cesar los atropellos de un Estado supuestamente agresivo y militarizado; retrato que les ayuda a sentirse víctimas. Gracias a esta dualidad, mantienen vivo su relato”.

Por Óscar Benítez


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