Dicen que en las situaciones límite las personas y las sociedades muestran su grandeza o sus miserias sin filtro. Tras la pandemia muchas cosas habrán cambiado por la propia dinámica de su incidencia, y otras muchas cambiarán por la sombra que proyectará sobre nuestros miedos.
En estos últimos días la prensa se ha hecho eco del comportamiento incívico de algunos ciudadanos, que saltándose la confinación en su domicilio habitual para trasladarse a su segunda residencia, ha provocado una reacción en contra de las autoridades municipales y vecinos de las localidades dónde se ubican esas segundas residencias. Una de las más publicitadas ha sido la Cerdaña, un valle maravilloso de los pirineos catalanes, lugar escogido por buena parte de la burguesía de Barcelona.
Las RRSS, esas cloacas de lo peor del inconsciente humano, han sembrado los foros de todo tipo de calificaciones contra los infractores. Unas razonables, otras ponzoñosas. Las más, de vecinos de la Cerdaña indignados por la falta de solidaridad de personas acostumbradas a vivir en ventaja por su situación económica. Y no les faltan razones. Tampoco excesos. Unos y otros han tirado a dar. Algunos medios se han hecho eco. La Vanguardia daba cuenta de ello en un extenso relato, que cerraba con una queja de uno de los infractores en su jardín frente a la cordillera del Cadí: “¿Nos acabarán poniendo la estrella amarilla como a los judíos?” Era la respuesta victimista -en Cataluña somos expertos en este chantaje emocional- a las críticas de los vecinos de la Cerdaña. ¿Tan difícil es aceptar que si te saltas las reglas que todos hemos de cumplir, estás infringiendo la ley y la solidaridad que debes tener con los demás? ¿Tan difícil es aceptar que si rompes el confinamiento estás poniendo en riesgo a otras personas? ¿Tan difícil es comprender que los servicios médicos de una localidad están diseñados para asistir a una población dada y alterarla es colapsarla? ¿Tan difícil es admitir que si infringes la ley no tienes derecho a ciscarte contra quienes recuerdan tu impostura?
Pues parece que no para algunas de estas personas adineradas con segunda residencia en la Marbella del norte de España. La banalización del mal que tan bien describiera Hannah Arendt viene a cuento a propósito de la exagerada metáfora de la estrella de David. Apunta a la sombra obscura que anida en lo más profundo del alma humana, y que permanece a recaudo por la presión de la cultura y sus formas más sublimes de civilización, la tolerancia, la democracia y la defensa de todo ser humano por el mero hecho de nacer.
Los detalles de los reproches de unos y otros no son lo importante, más bien son carnaza para programas rosas de TV, meras grietas morbosas de personalidades fallidas. Que si “sois unos pixapins (mea pinos)” de los más resentidos, a “Si no fuera por nosotros os moríais de hambre” de los más prepotentes pijos acostumbrados a que les sirvan. Viví siete años de mi adolescencia allí, conozco y he sufrido esa prepotencia de la élite catalanista adinerada con segunda residencia en la Cerdaña. Aprendí a no apagar las luces largas en sus carreteras hasta que no lo hiciera el vehículo que venía de frente. Solía ser un cuatro por cuatro con uno de estos padres de la patria, acostumbrados a ir por la vida arrasando. Nunca, en ninguna otra parte de España vi tal cosa. Ni por supuesto, me comporté tan incívicamente. Forman parte de ese paisaje las palabras burlonas que les dedican aborígenes del lugar como forma despectiva de calificarlos: pixapins (mea pinos) camacu! (¡qué bonito!), elsdiesels (dan muchas vueltas y no gastan nada) o elsesquenesfredes (espaldas frías porque siempre llevan un jersey a la espalda, atado al cuello o a la cintura).
Sin embargo, y aunque les moleste a los lugareños, no deja de ser cierta una verdad evidente: hoy la Cerdaña es rica y plena porque el dinero negro de miles de burgueses de Barcelona se enterró en la construcción de las segundas residencias en la Cerdaña. De esa catedral de casas con jardín, hermosas y cómodas, construidas de piedra ferrosa de Llivia, viven cientos de oficios, proveedores y trabajadores. Los payeses, otrora la única fuente de vida de la Cerdaña, ya son una anécdota. Hoy con el riñón bien nutrido por la venta de sus tierras a precio de oro. De vaquerías y campos de patatas, a jardines de ensueño. Posiblemente uno de los parajes donde los planes urbanísticos han enriquecido el paisaje y aumentado su belleza.
Una cosa es que ese río de dinero haya construido la Cerdaña actual, y alimente toda la red de servicios de la que viven sus residentes, y otra muy distinta que dé derecho a considerarlos como mera alfombra de sus deseos, o sirva para justificar el incumplimiento de las reglas cívicas. Con buen criterio y mejor educación, Esteban Almendros, una de las personas sensatas con quien he intercambiado impresiones para escribir este artículo ha puesto cordura en el desaguisado. Me aclara, que “la mayoría de la gente está indignada porque las reglas están para cumplirlas todos. Nada que decir con aquellos a los que les pilló en su segunda residencia con la orden de confinamiento, pero no es cívico, saltarse la ley”.
Vuelvo al principio. En situaciones límites, las personas y las sociedades muestran su grandeza, pero también todas las miserias que la cultura ha neutralizado. Más allá de esta anécdota local, cada día surgen noticias que nos recuerdan que no son simples anécdotas. Esa comunidad de vecinos que, enterada de tener entre ellos a un médico, pide que no vuelva a casa, o esa cajera de supermercado a la que sus vecinos exigen que abandone la comunidad de vecinos por riesgo de contagio.
Reparen, un simple virus sirve a ese obscuro pozo étnico del alma humana para desatar las pulsiones racistas que laten inconscientes en nuestras vidas. Nadie quiere ser racista (hoy no está bien visto), ni despotricar contra la inmigración (no es progre), pero ahí sigue latente el espíritu del pueblo (Volksgeist), la etnia, para recordarnos que estamos a un paso de la barbarie. Un simple virus puede servir para justificarla.
Por Antonio Robles
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