Hace mucho tiempo, muchos años, que vengo escribiendo semanalmente sobre la situación en España y también he dedicado varios artículos a las soluciones necesarias y urgentes que necesita nuestra nación.
El diagnóstico está perfectamente claro y, si alguna duda quedaba para cualquier observador estrictamente imparcial y además dispuesto a perdonar conscientemente la enésima aberración por aquello de un buenismo mal entendido, hoy ya, y desde hace tiempo, no queda nadie, fuere del pensamiento o sesgo que fuere, que no vea una situación extremadamente grave en España, y no solo eso, sino de consecuencias muy difíciles de revertir.
¿Y qué hacer ante esta situación? Pues lo que pudiera ser normal pensar: que, ante la constatación de profundos ataques permanentes a la Constitución y al Estado de derecho en modo golpe de Estado de última generación, y ante la lacerante e irrespirable corrupción, fueran los partidos que sí creen en la democracia los que, con constantes fórmulas de respuesta contundente, movilizaciones masivas, denuncias irrefutables imposibles de no ponerse en marcha en Europa, etc., corrigieran la situación ipso facto, con severa decisión y rocosa unidad de acción… Pues resulta que, desgraciadamente, no es así. Y no es así porque falla lo esencial, como en cualquier otra actividad humana que quiera lograr las metas más nobles, y es un comportamiento sin fisuras de firmes principios y valores plenamente orientados solo al bien de España y nada más que a eso. Es tan sencillo, pero tan importante, como lo que digo.
Dado que, ante esta situación de gravísimo bloqueo del Estado de derecho y de los más elementales mecanismos de salvaguarda de la democracia, esos partidos no deciden formalizar un plan de acción contundente, ilusionante y definido, con objeto de solucionar este enorme problema —por mucho que sí lo digan, pero no veamos efectos prácticos—, somos los españoles, y nada más que nosotros, los que hemos de salir del adormecimiento e hipnosis en la que estamos, y del pesimismo, abulia, hundimiento y dejación de nuestros deberes.
¡Sí!, dejación de nuestros deberes y de nuestras responsabilidades más elementales, que son las de rescatar de la ignominia e indignidad más absolutas la deriva en la que está España. Ello no tiene interpretación posible, por ser una encomienda a la que todos los españoles de bien han de sentirse llamados. Reitero: los partidos que debieran hacerlo, por unas razones o por otras, no lo están haciendo; y si no, y por desgracia, a las pruebas me remito. No valen ya tantos amagos, tácticas, estrategias y egoísmos. No es eso lo que esperan todos —y digo todos— los españoles.
El problema, además, no es solo el que pudieran arreglar los partidos instrumentalmente, y que aun así no lo hacen, sino que es muchísimo más profundo. Se trata de remoralizar España en sus bases más fundamentales.
Se trata de remoralizar España llamándonos todos, a nosotros mismos, a ese cometido prioritario y supremo en esta hora de España. Remoralizar nuestro ser más profundo y acudir a la llamada que, escondida o no, apela a nuestras conciencias.
Remoralizar nuestras convicciones, que obviamente conocemos, pero a las que estamos engañando. Remoralizar nuestro pensamiento, sabedores de las guías éticas por las que ha de nutrirse. Remoralizar nuestra razón, conscientes como somos de los principios y valores por los que hemos de regirnos. Remoralizar nuestras prácticas y ser conscientes de dónde tenemos que corregir tantos comportamientos. Remoralizar nuestro quehacer diario y ser conscientes de la responsabilidad que tenemos si no lo hacemos. Remoralizar nuestras decisiones, siendo muy conscientes y conocedores de cuáles son. Remoralizar cualquiera de nuestros comportamientos en aras del bien de España. Remoralizar nuestras acciones y priorizar la defensa de los valores que la sociedad debe preservar siempre. Remoralizar la sociedad en base al ejemplo individual y remoralizarla en contra de la imposición contraria que encabeza a diario el Gobierno. Remoralizar nuestras conductas y las ajenas para impedir la inoculación de la perversión que enseña el Gobierno.
En suma, remoralizar nuestra conducta diaria y la conducta de la sociedad, asumiendo directamente obligaciones democráticas de educación democrática básica que, a priori, no se quiere que asumamos ni hagamos. Pero, ante la situación límite y en el abismo, somos los dueños del caudal democrático y de su custodia, guste o no, una vez que se vilipendia.
Remoralizar todo a nuestro alrededor y no aceptar nunca consignas contrarias a los valores permanentemente asumidos por una sociedad madura.
A esto se llama retomar las responsabilidades de manera urgente ante el desprecio a las normas básicas de la democracia, ante el ataque permanente a la independencia judicial, a la libertad, a la convivencia, a la concordia y a la paz entre los españoles.
Debemos recuperar de inmediato la confianza en nosotros mismos y no dejarnos llevar por imposiciones malignas. Debemos acudir a la calle sin dudarlo, manifestándose España entera en cada rincón, durante un año y hasta las elecciones, y debemos escuchar nuestra voz interior, que nos pide dar muchísimo más de lo que estamos dando. Nos pide no acomodarnos, no mirar a otro lado, no renunciar a nuestro ser y a nuestras convicciones.
Cuando un presidente del Gobierno pierde el norte, imponiendo y haciendo constantes y conscientes locuras; impone el fanatismo; impone que lo blanco es negro; es corrupto, perverso, mentiroso, abyecto, ladrón, amigo del proxenetismo, inspirado en prostíbulos y lupanares, ejerciente a diario de la ignominia, indecente, indigno, amoral y mala persona, se requiere que nosotros, individualmente, y el conjunto de la sociedad, por encima de ideologías y de cualquier otro condicionante, remoralicemos obligatoriamente nuestra vida y la sociedad, imponiendo —y digo bien— e encabezando a la vez la cordura, la responsabilidad, la firmeza de las convicciones, la buena fe, la palabra, el respeto, la honradez, la ética, el honor, la verdad, el valor, el sacrificio, el pundonor, la decencia, la dignidad y el bien.
No dejemos que los planes perversos de quien actúa sin escrúpulos nos envuelvan y nos paralicen, por mucha comodidad que prefiramos. No tenemos ya derecho a esa comodidad. Tenemos una deuda de honor y agradecimiento permanente a nuestros mayores, que nos trajeron la democracia y la paz. No dejemos que podamos ser marionetas pasivas, por inacción, de un impostor y de un traidor. No permitamos que alguien corrupto hasta el tuétano, y cuya actuación la guía lo aprendido en lupanares, pueda hacernos perder —sería inaudito e inadmisible— nuestra decencia, nuestro honor y la dignidad de todos los españoles.
Amalio de Marichalar. Conde de Ripalda. Soria, 27 de febrero de 2026
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