Elisenda Alamany ya es, oficialmente, la apuesta del secesionismo republicano para intentar asaltar la alcaldía de Barcelona en 2027. La actual líder municipal de ERC ha superado unas primarias de cartón piedra, diseñadas a su medida, donde la ausencia de rivales ha evidenciado la falta de pulso interno en la federación barcelonesa.
A pesar de ser la única candidata, el entusiasmo de la militancia ha brillado por su ausencia. Un significativo 27% de los votantes prefirió depositar su voto en blanco antes que avalar la continuidad de un proyecto que parece cómodo a la sombra del PSC. De los pocos militantes que acudieron a las urnas electrónicas, 155 optaron por no marcar la casilla de Alamany.
Este resultado deja a la candidata en una posición de debilidad ante un sector crítico que, aunque renunció a la batalla pública por la ‘silla’, sigue presente en el trasfondo del partido. La estrategia de evitar la confrontación interna no ha logrado ocultar la fractura de una formación que navega sin rumbo claro en la capital. El consenso del que presume Alamany parece más una imposición del aparato que un sentimiento compartido por las bases.
Mientras tanto, el PSC de Jaume Collboni observa con tranquilidad cómo su principal socio estratégico se conforma con las migajas del poder municipal. Los socialistas han encontrado en el grupo de Alamany el aliado perfecto para aprobar ordenanzas y presupuestos, consolidando un ‘tripartito’ de facto que no se atreven a formalizar. Esta relación de dependencia beneficia, sobre todo, a un PSOE que utiliza a los separatistas para mantenerse en el coche oficial.
La candidata intenta ahora marcar distancias acusando al PSC de falta de ‘ambición nacional’, en un ejercicio de cinismo político difícil de superar. Resulta paradójico que quienes sostienen las políticas de los socialistas en el ayuntamiento pretendan erigirse como la alternativa crítica. Es la vieja táctica del secesionismo: pactar en los despachos mientras se gesticula ante las cámaras.
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