
Como es sabido, el Día de Andalucía se celebra oficialmente cada 28 de febrero. En esa fecha, en el año 1980, se celebró el referéndum mediante el cual Andalucía accedió a la autonomía, de acuerdo con el —para algunos, más que controvertido— Título VIII de la Constitución de 1978.
Me propongo esbozar modestamente, al respecto del título de esta crónica, algunas consideraciones de carácter histórico y político que se suelen ocultar en los discursos oficiales ese día, los cuales vienen a asumir acríticamente casi todos los postulados del “andalucismo” —corriente política y cultural que ha defendido históricamente la identidad propia de Andalucía y a Blas Infante como “Padre de la Patria Andaluza”—, que han sido institucionalizados como marco estándar y casi obligado en Andalucía. Ya en 1983 el Parlamento de Andalucía reconocía y declaraba a Blas Infante como “Padre de la Patria Andaluza”, momento en el que una figura histórica del andalucismo pasaba a ser institucionalizada y validada como canon oficial.
Lo que hoy llamamos andalucismo arranca como un movimiento regionalista muy marginal a finales del siglo XIX (como la mayoría de los nacionalismos) y tiene un cierto desarrollo en las tres primeras décadas del siglo XX, teniendo a Blas Infante (1885-1936) como la figura más importante de ese primer andalucismo como proyecto cultural y político, aunque siempre tuvo, en esa época, una muy escasa implantación social real.
No sería hasta la época de la Transición (1975-1980), en que la mayoría de los partidos (especialmente los de izquierda) consideran que Andalucía necesita también símbolos legitimadores propios dentro del nuevo Estado autonómico, cuando el andalucismo cobraría realmente relevancia. En ese contexto, se echa mano de la figura de Blas Infante y se convierte en un referente útil porque había defendido activamente la autonomía andaluza durante la Segunda República, aunque lo hizo más desde una posición de activista cultural e intelectual que política (no llegó a tener ningún cargo político ejecutivo o institucional). Su fusilamiento el 11 de agosto de 1936, por parte de un grupo de falangistas, fue utilizado también durante la Transición para mitificar simbólicamente su figura.

En 1919, Blas Infante promovió el Manifiesto andalucista de Córdoba, en el que declaraba que Andalucía era una «nacionalidad histórica», alineándose con las teorías nacionalistas. Aunque no se le puede considerar un separatista, defendía una Andalucía con una identidad propia, vertebrada en torno al legado islámico y cultural de Al-Ándalus, e incluso llegó a especular con una anexión simbólica a Marruecos.
De hecho, desde su juventud siempre estuvo fascinado por lo que él denominaba la «cultura de Al-Ándalus»; aprendió la lengua árabe y, en 1924, como abducido por el islam, se convirtió en musulmán en Marruecos, en un acto ceremonial en el que adoptó el nombre de Ahmed. Lo hizo ante testigos moriscos —que le regalaron una chilaba y una daga bereber, que conservó como una reliquia durante toda su vida— en la mezquita de Agmat (lugar cercano a Marrakech), a los pies del mausoleo de Al-Mutamid, último rey de la taifa de Sevilla, al que había estudiado en profundidad y sobre el que en 1920 escribió el drama histórico titulado Motamid, último rey de Sevilla. Uno de sus principales proyectos pasaba por reislamizar Andalucía, pues convirtió a su mitificado Al-Ándalus en el núcleo espiritual y político de su propuesta para Andalucía.
Son muchos los que no saben que la bandera verde y blanca, reconocida en 1981 como símbolo oficial de la comunidad autónoma de Andalucía, fue creada por el propio Blas Infante en la Asamblea de Ronda de 1918 y, según él mismo defendió, sus colores evocan el mundo andalusí y al islam victorioso. Fue, por ejemplo, la bandera que enarbolaron los almohades cuando derrotaron a los cristianos en la batalla de Alarcos, en 1195, y la colocaron luego en la mezquita mayor de Sevilla. Es la bandera que enarbolaron los moriscos en la guerra de las Alpujarras contra la Monarquía Hispánica. En la alcazaba del rey musulmán Al-Mu‘tásim, de la taifa de Almería, en 1051, ondeó por primera vez la bandera verde y blanca; dio fe de ello Abu Asbag (visir del rey) en unos versos.
Andalucía, al igual que Cataluña, Vascongadas, Galicia y otras regiones españolas transformadas en «taifas» por parte de políticos ambiciosos o fanáticos, o ambas cosas, fue construida agregando mentira y engaño a la historia, en el camino cuidadosamente trazado hacia la nación imaginada.
La identidad de Andalucía consiste en ser una parte de España, como ocurre con el resto de regiones españolas. El concepto de identidad cultural es un concepto utilizado en nuestro país como un arma política. Y un paso importante para ser reconocido como algo diferente es tener una lengua “propia” y, si no la entienden los demás, mejor. ¿En qué se diferencia en realidad la cultura andaluza de la de Castilla, Aragón o Cataluña? En lo fundamental, en nada. No hay más que aspectos o matices distintos. Las hipotéticas diferencias se han construido o exagerado.
Ahora hay en Andalucía movimientos y propuestas que buscan elevar el estatus del andaluz a una lengua; pretenden crear una ortografía del andaluz y una norma escrita unificada. María Jesús Montero, vicepresidenta del Gobierno y candidata del PSOE a la Junta de Andalucía, hace unas semanas anunció que, si llega a la presidencia, impulsará una «Ley de Lenguas Andaluzas». Lo que algunos quieren imponer ahora como andaluz (que tiene una pluralidad de acentos) es, y ha sido siempre, sencillamente, una variedad del español o castellano. Pero se trata de crear un elemento diferenciador más desde el punto de vista político.
En fin, hoy, 28 de febrero, incluso Juan Manuel Moreno Bonilla (PP) reivindicará enérgicamente, como ha hecho en años anteriores, la figura y el legado de Blas Infante, y lo hará rodeado de banderas verdes y blancas. Cosa que harán también en Cataluña, en los monumentos existentes en honor a Blas Infante, casi todas las fuerzas políticas, incluidos los de Junts y ERC.
Todo sea, por supuesto, para que los pequeños reinos de taifas (que alguien llamó las “autonosuyas”) y sus reyezuelos brillen y tengan su día de gloria, por más caro que nos salga todo esto a los españoles. ¡Por favor, que nadie me tome a mal lo aquí expuesto!
Salvador Caamaño Morado
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