En el vigésimo octavo congreso del PSOE celebrado en Madrid en mayo de 1979, que fue el segundo en España después de la guerra civil, el secretario general Felipe González con un gran sentido de Estado y de responsabilidad, propuso retirar la definición del PSOE como partido político marxista, pero los compromisarios rechazaron ampliamente esa propuesta, y ante el fracaso de su petición, Felipe González renunció a la prórroga de su mandato como secretario general.
Para cubrir el vacío de poder provocado por la dimisión de Felipe González, José Federico de Carvajal se hizo cargo de la dirección del partido, hasta un nuevo congreso que debería de ser extraordinario, para dirimir definitivamente el posicionamiento ideológico del PSOE. Fue así como cuatro meses más tarde en el nuevo congreso extraordinario con el lema congresual “Forjando el socialismo”, que se celebró nuevamente en Madrid en septiembre del mismo año 1979, finalmente Felipe González consiguió que el pleno del congreso renunciase al marxismo como ideología oficial del PSOE, aunque esa acepción ideológica se mantuvo como instrumento crítico y teórico.
Felipe González recuperó la secretaría general y definió al partido como una organización federal de ideología socialista y democrática, haciendo penetrar con esta mutación ideológica al PSOE dentro de la gran familia de la socialdemocracia europea, que en aquellos años y especialmente en los países escandinavos, estaba consiguiendo grandes logros sociales ampliando el Estado del bienestar.
Los congresos de los partidos políticos suelen celebrarse durante los fines de semana, desde el viernes por la tarde o el sábado por la mañana, hasta el domingo por la mañana con el acto de clausura. Esto entraña que evidentemente los miembros representantes de las federaciones socialistas, no entraron marxistas el viernes y salieron socialdemócratas el domingo, porque el proceso subjetivo de mutación de una idea en esencia totalitaria como es el marxismo, hacia la concepción política socialdemócrata que es netamente democrática, presupone una profunda transformación ideológica interna, que precisa a veces años de acreditado comportamiento tolerante y democrático dentro y fuera de las instituciones.
Por ello gran parte de los afiliados y simpatizantes del PSOE y del PSC tienen en su foro interno una concepción marxista de la política, que se intenta dulcificar con anhelos, incompletos en muchas ocasiones, de comportamientos acordes con los valores democráticos propios de un Estado de derecho.
Realizando una analogía faunística, podríamos decir que el lobo domesticado puede llegar a ser un perro manso, pero el problema surge cuando ese perro-lobo doméstico empieza a relacionarse con lobos salvajes. Cuando se llega a esta situación siempre predomina el instinto natural. De esta forma es más fácil que el perro recupere sus instintos ancestrales cuando convive con un lobo salvaje, que no un lobo se amanse cuando convive con un perro.
Siguiendo con esta analogía etológica, el PSOE de Felipe González, el de Alfredo Pérez Rubalcaba e incluso el de José Luis Rodríguez Zapatero, desplegaron políticas, acertadas para unos y desacertadas para otros, que se impusieron dentro de las reglas democráticas que impone el sistema parlamentario constitucional, porque sus gobiernos eran monocolor con ministros del PSOE y del PSC. Sin embargo, esta armonía socialdemócrata se ha truncado con la irrupción de ministros lobos de Unidas Podemos en el Gobierno de Pedro Sánchez, que han removido las conciencias del subjetivo interno marxista de los ministros, que siempre estuvo presente de una forma latente en su conciencia personal.
Una de las constantes históricas del marxismo, tal como ocurrió durante la Primera Guerra Mundial con la revolución rusa de 1817, la espartaquista en Alemania dos años después, o el proyecto marxista-leninista de Francisco Largo Caballero a partir de 1934, es aprovechar los momentos de máxima crisis para imponer sus preceptos, con la justificación de que ellos son los únicos salvadores de la situación. Así en el marxismo moderno, como ha ocurrido en Venezuela o en Bolivia, si la crisis no existe, se fomenta y se genera con la extensión de la pobreza entre la sociedad, para imponer la ideología socialista-marxista bolivariana.
Al tigre nunca se la caen las rayas, y al tigre socialista nunca se le caen las rayas que impone el marxismo como ideología totalitaria, y es por ello que ahora ante la crisis provocada por la pandemia del coronavirus, desde el Gobierno bajo la dirección de los ministros podemitas, se nos ha prometido una cosa a la que han llamado «la nueva normalidad», que consiste en la imposición coercitiva de nuevas políticas restrictivas, que atentan contra la libertad tanto individual como colectiva, como por ejemplo la persecución judicial de ciudadanos que profesan opiniones discordantes, acusados de una entelequia como son los delitos de odio, la imposición de una mordaza a la prensa libre acusándola de difundir noticias falsas, el control policial de las redes sociales, la implantación de estado de alarma sin el consentimiento del Congreso de los Diputados, el cierre de establecimientos comerciales, el confinamiento de la población o el toque de queda entre otros.
Este tipo de medidas represoras de las más elementales libertades públicas, cuando está relacionadas con la libertad de expresión, nunca serían aplicadas por lo que ellos llaman «la derecha» y «la ultraderecha», y en lo que respecta a las que restringen la movilidad derivadas de la pandemia del coronavirus, si fuesen necesarias, los políticos no marxistas provenientes del espectro que abarca desde el centro a la extrema derecha, si se viesen obligados a imponerlas por la gravedad de la situación imperante, lo haría con gran pesar de su decisión, pero sin duda las derogarían tan pronto como cuando mejorase la situación general del país. Pero lo que resulta inquietante es que nuestros gobernantes protomarxistas se sienten muy a gusto con el despliegue de estas medidas liberticidas, y eso es lo que realmente es preocupante, no sólo por el desprecio a las libertades públicas, sino por la permanencia de algunas de estas medidas cuando la pandemia haya desaparecido.
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