A pesar que ahora anda crecido y chuleando a todos los españoles por su éxito tras pactar con Sánchez su investidura, el nacionalismo catalán es muy cobarde. Lo es tanto, que una condena por inhabilitación por no retirar una pancarta – a Quim Torra – la intentaron convertir en una gesta digna de la Batalla de Lepanto o el Desembarco de Normandía.
Lo secesionistas dan mucha pena, si no fuera porque nunca ha habido voluntad por parte de los partidos nacionales de acabar con su influencia y se le ha alimentado desde Moncloa. Sobre todo por Sánchez, cuya complicidad con el separatismo catalán ha sido absoluta para mantenerse en el poder.
Lo único que necesita el separatismo catalán para achantarse es plantarle cara. Si la primera vez que a un presidente de la Generalidad se le ocurrió montar un numerito al Rey el Gobierno de turno se hubiera plantado y hubiera amenazado con suspender la autonomía si seguían los desplantes, nos hubiéramos ahorrado un montón de sufrimiento.
Y de payasadas, como las que protagonizan Pere Aragonès y los consejeros de la Generalidad cada vez que algún miembro de la Familia Real viene a Cataluña. Mientras se les amnistíe o indulte cuando la armen gorda, o se intenten minimizar sus delitos modificando el Código Penal, tendremos que soportar a una banda de fanáticos cada día más crecidos por su impunidad.
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