La afición del RCD Espanyol ha vuelto a demostrar que su compromiso es a prueba de bombas. Ya sea en Primera o en Segunda División, el «Mágico» nunca camina solo. El pasado domingo, más de mil fieles se desplazaron a Valencia para apoyar al conjunto de Manolo González frente al Levante, una muestra más de una lealtad que se repite en cada jornada fuera de casa. Esta mística del desplazamiento, con la bufanda en alto y la voz desgarrada, es ya uno de los grandes signos distintivos del club.
Ser perico en Cataluña implica una resistencia cotidiana que va mucho más allá de los noventa minutos de juego. El seguidor medio ha crecido rodeado de la prepotencia del entorno culé, aguantando la misma pregunta impertinente desde la guardería hasta el puesto de trabajo: «¿Por qué no eres del Barça?». Responder mil quinientas veces «porque no me da la gana» forja un carácter especial, una coraza de orgullo que permite seguir al equipo hasta el mismo infierno si fuera necesario.
Aunque a menudo se tilde a la grada de conformista, la realidad es que nadie da tanto por tan poco. Esa presión social constante ha convertido a la masa social del Espanyol en un grupo resiliente que no entiende de modas ni de mayorías. Esa unión inquebrantable entre los jugadores y una afición que se siente orgullosa de su diferencia será, una vez más, el motor principal para afrontar los retos de esta segunda vuelta.
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