La travesía por el desierto que va a sufrir al socialismo español, tras verse parasitado por el sanchismo fanático y extremista, va a ser de difícil digestión y, como vamos viendo, generará variopintas soluciones que pretenderán hacer frente al declive en el apoyo de ese electorado que dicen de izquierdas y se autocataloga como progresista. Pero, ante el inmovilismo y falta de reconocimiento de las derrotas sufridas por el PSOE, los verdaderos movimientos se están concentrando más allá de ese progresismo, focalizando en la ultraizquierda y su variopinto conglomerado de minorías radicales.
El espectáculo empieza al ver el laboratorio de los socios extremistas que dan cobijo y solvencia a este gobierno mísero encabezado por el impresentable Sánchez. Las mezclas en sus probetas, valorando y analizando posibles salidas, puede derivar en riesgo evidente de explosión que no en todos los casos pueden ser de tipo controlado. Parece que lo hacen para justificarse, buscando inventos futuribles que reemplacen inventos anteriores que ya fueron reinventados. Un verdadero caos fruto del miedo a perder ese sillón mullido y ese sueldo que no tiene en cuenta capacidades ni conocimientos.
La efervescencia del momento se convierte en el circo refugio para los medios, que quieren vislumbrar en este carrusel de postureos alguna solución válida ante el fiasco generalizado que se les avecina. Vivimos los estertores de un fin de etapa que se ha convertido en toda una maldición para España, fruto de la sumisión y esa mano tendida interesada que ha dado margen de maniobra al que ya debería llevar años viviendo de “rentas” en Marruecos o el Caribe.
Extremadura y el colocador del hermanísimo, junto a Aragón y la exportavoz amiga de Salazar y alma de la fiesta en el Parador turolense, ya han marcado el camino. Dos comunidades catalogadas como afines que ya han dicho que no quieren nada que huela a tufo sanchista.
Su sentencia marca la senda por la que tendrá que transitar el puto amo y su chulería hasta que se vaya. Tarde o temprano el parásito liberará a su huésped, dejando al PSOE que retome la senda de la izquierda constitucionalista de otras épocas, algo que no ha sucedido todavía por falta de contundencia y valor endógeno que, indudablemente, sería la mejor solución quirúrgica para lograr el deseado cambio de rumbo alejado de la vanidad egocéntrica del actual gran jefe.
Especulando con una posible salida de este juego de intereses, una alternativa sería que la facción sanchista se uniese a sus compañeros extremistas del comunismo, ya sea rancio o de alta costura, haciendo piña con sus amigotes republicanos y separatistas que abanderan los posicionamientos inconstitucionales (consultar los artículos 1 y 2 de nuestra Carta Magna). No me cabe duda de que en ese contubernio el sanchismo se sentiría muy cómodo y, de paso, dejaría en paz al PSOE.
Pero, entretanto, este momento frenético debe lidiar con el calendario electoral sabiendo que la siguiente convocatoria enfoca a un territorio hueso como es el castellanoleonés. Se pronostica otro bofetón interesante. Por eso es tan curioso el espectáculo y los tumbos que van dando en el seno del espectro ideológico al rebufo de Sánchez, llegando a poner sobre la mesa una opción integradora de la mano de un tipo como el colomense Rufián, candidato a convertirse en el líder nacional (de la nación de verdad) de una candidatura global que una a todos los ultras del rojerío. Una apuesta que comienza con un grave problema, como es la desconfianza que genera entre sus propios compañeros de partido, puesto que en ERC parece que ya le han visto el plumero.
La enésima intentona de unificar a la ultraizquierda veremos como acaba, pero que Rufián se convierta en una alternativa nacional a gobernar España desde la extremaizquierda cuesta mucho creerlo.
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