Pedro Sánchez ha convertido Barcelona en el escenario de una maniobra de distracción masiva. Bajo el rimbombante nombre de «cumbre progresista», el presidente del Gobierno busca desesperadamente un foco internacional que opaque la cruda realidad nacional. La corrupción que acecha a su entorno familiar, al PSOE y a los cimientos de su propio Ejecutivo es un ruido ensordecedor que Moncloa pretende acallar con una puesta en escena de cartón piedra.
La nómina de asistentes parece más una antología del populismo más trasnochado que un cónclave de estadistas serios. Contar con la presencia de Axel Kicillof, representante del peronismo más radical que ha llevado a Argentina a la deriva económica, es toda una declaración de intenciones. Sánchez se siente cómodo entre aquellos que entienden la gestión pública como un cortijo personal y la economía como un experimento de ingeniería social fallido.
No menos inquietante es la participación de Luiz Inácio Lula da Silva. El mandatario brasileño, cuya trayectoria judicial por corrupción es de sobra conocida, se ha convertido en el aliado preferente de un Sánchez que parece buscar consejos sobre cómo sobrevivir a los tribunales. Es la «cumbre del horror» para cualquier demócrata que crea en la separación de poderes y en la higiene institucional, valores que brillan por su ausencia en este encuentro.
La elección de Barcelona no es casual. Sánchez necesita proyectar una imagen de normalidad en Cataluña mientras los escándalos de las mascarillas, las influencias familiares y la financiación irregular cercan su despacho. Es el escapismo político elevado a la categoría de cumbre internacional, pagada con el dinero de todos los españoles para mayor gloria y blindaje de un líder que se niega a dar explicaciones reales en sede parlamentaria.
Mientras los líderes invitados disertan sobre justicia social, los ciudadanos españoles observan con estupor cómo el Gobierno se atrinchera en el victimismo. Esta reunión de la izquierda global no es más que una cortina de humo mediática. No se busca solucionar los problemas de Europa o Iberoamérica, sino construir un cordón sanitario internacional que proteja a Sánchez del implacable avance de las investigaciones judiciales en España.
En definitiva, estamos ante un acto de propaganda pura que desprestigia la imagen exterior de nuestro país. Unirse a personajes de dudosa reputación para evitar hablar de los problemas de casa es una irresponsabilidad política sin precedentes. Barcelona merece ser capital de algo más que de la desesperación de un presidente que ya solo sabe mirar hacia fuera porque el suelo que pisa dentro se está hundiendo.
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