La política catalana se resume en un hecho que pasó durante el gobierno tripartito presidido por Pasqual Maragall: un consejero de la Generalidad, entonces del PSC y que ahora ha vuelto al gobierno autonómico de la mano de ERC – Quim Nadal – se le hundió una buena parte del barrio del Carmelo en Barcelona por una chapuza en la construcción del Metro de Barcelona y, por supuesto, no dimitió.
En Cataluña eso de pedir responsabilidades por parte de la izquierda queda para los políticos que ellos etiquetan como “fachas”. De hecho, de los sobrecostes de la L9 del metro barcelonés (más de 5.000 millones de desviación sobre el importe previsto), buena parte de ellos en la etapa socialista en el Govern, apenas nunca más se supo. En eso el socialismo catalán, compañero de viaje del nacionalismo, ha aprendido rápido del tradicional victimismo del independentismo, maestro en echar la culpa a otros de sus errores.
Y esta tradición política de la izquierda catalana se ha trasladado, con notable éxito, al resto de España. Un claro ejemplo fueron lo que los socialistas bautizaron como “efectos indeseados” de la ley del “solo sí es sí”. Avisaron a Pedro Sánchez de lo que iba a pasar, pero dentro de su política de “todo vale para estar un día más en Moncloa” decidió no enfrentarse a la tropa de Pablo Iglesias para aprobar sin sobresaltos en las Cortes los presupuestos, la eliminación de la sedición y la rebaja de la malversación.
Y la chapuza se convirtió en la Ley más ‘protectora’ para las mujeres. Y durante semanas Sánchez defendió que no había “efectos indeseados” y que era una ley magnífica. Socialistas y podemitas todos unidos para defender una normativa parida por el Gobierno más ‘progresista’ de la historia. Luego, al ver el marrón causado, el PSOE acabó pactando la reforma con el PP. Pero, por supuesto, la izquierda mediática linchó a los jueces «de derechas» y a la «derecha» de los males causados. Nunca a la chapuza legislativa. Lo que va bien en España, es gracias a Sánchez, y los errores siempre son causados por la «derecha» y la «derecha extrema», en su vertiente política, judicial o mediática.
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