La Cataluña oficial, la que se sienta en los despachos socialistas y de los Comunes, sigue hablando de una simple “sensación de inseguridad”. La achacan, sin rubor, a supuestos «bulos de la extrema derecha». Mientras tanto, la Cataluña real, la de a pie, se manifiesta en las calles. Los ciudadanos están hartos, exhaustos de ver cómo sus barrios se convierten en un infierno de incivismo y delincuencia.
Esta ceguera interesada es ya insostenible. Los enfrentamientos entre la población y los grupos de ladrones y okupas conflictivos se multiplican. La inseguridad se ha desbordado y ha colonizado cada rincón del territorio catalán.
El problema es claro: la clase política de izquierdas se niega a nombrar la amenaza. Prefieren eludir las responsabilidades con medidas cosméticas y discursos vacíos. La realidad es que solo aquellos partidos que ofrezcan soluciones eficaces y contundentes para la destrucción de nuestros barrios conseguirán la confianza del electorado.
Al Partit dels Socialistes de Catalunya (PSC), esta estrategia de negación no le resultará gratis. La cúpula socialista está nerviosa, y tienen motivos para estarlo. Su candidato, Salvador Illa, no logra el impulso esperado en las encuestas. Mientras, la izquierda va perdiendo apoyos electorales y la oposición crece con discursos firmes.
El panorama electoral es incierto para los socialistas. Mantienen una cifra de escaños estable en el Parlament, pero la tendencia es a la baja. Si el PSC persiste en vivir en su mundo irreal, pueden llevarse una sorpresa mayúscula.
El descontento ciudadano abrirá la puerta a formaciones de derecha y centro-derecha. Partidos como el Partido Popular y VOX están recogiendo el malestar con un discurso directo sobre la seguridad. Y en el bando separatista, Silvia Orriols sigue creciendo. La firmeza frente a la delincuencia y el orden son mensajes que penetran en una sociedad hastiada.
La política catalana está en un punto de inflexión. O se aborda el problema de la inseguridad y la degradación urbana con determinación, o la izquierda catalana seguirá perdiendo apoyo. La «sensación de inseguridad» ha dejado paso a una amenaza muy real, y los ciudadanos no perdonarán la inacción de sus gobernantes.
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