La casa de los junquillos

El azar quiso que el hombre, ya en sus cuarenta, se hiciera cargo de una casa de vecindad. Por desgracia, la casa era vieja. Y, por desgracia, la casa era grande. En ella moraban y merodeaban entre veinticinco y treinta  personas distribuidas en tres plantas y cinco viviendas. Un mundo en pequeño o, al menos, un arca de Noé.

De todo ello hace ahora unos treinta años.

Como la casa se encontraba en un deplorable estado de conservación, el hombre en funciones de casero decidió reparar la mampostería, acaso toda la fábrica, de acuerdo con sus conocimientos y disponibilidades. En otras palabras: consciente  de los tangibles e  intangibles de la empresa, optó por su ejecución en etapas y, a ser posible, durante los meses de verano.

Siempre en verano.

Parece ser que una de sus primeras intervenciones tuvo carácter de prueba o ensayo y consistió en sustituir una  ventana de madera carcomida por otra de aluminio blanco con entramado de junquillos. El resultado, tan positivo como esperanzador, le llevó pronto a adoptar el modelo  en todas las ventanas de la planta baja del edificio. Ocho o diez. Y, con las debidas adecuaciones, en sus puertas. En total, algo así como veinte vanos.

El viejo y amorfo caserón nacido del agrupamiento de tres «casas salchicha» empezó a tomar aspecto de construcción unitaria, incluso modenna.

Con el paso de los años, el hombre fue  invadiendo, colonizando y reformando  una estancia tras otra, incluidas su  puertas y ventanas, hasta que a principios del año en curso decidió rematar el proyecto, o poco menos, con una obra de envergadura.

Elaboró un organigrama, trazó un calendario de trabajo a modo de hoja de ruta y contrató directamente a sus colaboradores/proveedores. Él se reservó la tarea anónima e ingrata de utillero, además de la aún más ingrata de pagador.

Intermediarios, fuera. ¿Formalidades burocráticas? Las que exige la ley. Estrictamente.

Falto de conocimientos arquitectónicos convencionales, el nuevo promotor recurrió, como tantas veces en su vida, a la fórmula mágica «el orden y la conexión de las ideas son los mismos que el orden y la conexión de las cosas»,  que aprendió  en los libros de Benito (Baruch) Spinoza, nacido en el Amsterdam del siglo XVII en el seno de una  familia de marranos (judíos conversos) oriunda de Espinosa de los Monteros (Burgos).

Con esa fórmula, correctamente interpretada y utilizada, el promotor y utillero resolvió problemas aparentemente insolubles, dada su falta de formación académica en el ramo de la construcción. Y, curiosamente, terminó siempre las obras en el plazo estipulado, de acuerdo con los presupuestos pactados y fijados previamente. Ni un día más ni una hora menos; euro arriba, euro abajo.

En la práctica, todo fue tan sencillo como lógico.

En su ultima intervención, acuciado por los inquilinos que le amenazaban con dejar su vivienda por haber encontrado otra más económica, el hombre aumentó el número y la calidad de sus servicios y prestaciones, en lugar de bajar el alquiler.

Además, aprovechando la nueva disponibilidad de mano de obra, ejecutó reformas que mejoraron el estado de conservación del  edificio y consiguientemente aumentaron su valor.

Ahora, la casa con sus inquilinos estrena fachada de granito con ventanas de aluminio y junquillos cuadriculados, amén de rótulo conmemorativo. Todo en blanco y negro.

La idea, en situaciones similares, tal vez sea de utilidad para algún propietario, constructor, economista o político.

Ramón Ibero

(Nota: este artículo se publicó originalmente en 2010 en el blog ‘El búnker de pladur’)


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