La Barcelona olímpica

El 17 de octubre de 1987 estalló la noticia. Me enteré a la salida del trabajo, en el metro, camino de casa. Barcelona acababa de ser proclamada sede de las Olimpíadas de 1992.

Barcelona se transformó con las olimpíadas. Se modernizó. Cambio su faz. Se embelleció. El puerto olímpico, Montjuich, el Fórum… han convertido a Barcelona en una ciudad turística de referencia, una capital de oportunidades, de iniciativas, un lugar que recuerda el ambiente emprendedor y transformador de la mágica Ciudad de los prodigios, recreada en la novela homónima del gran Eduardo Mendoza. ¿Cómo se puede encajar aquella Barcelona cosmopolita y moderna, bella y acogedora, con la obsesión nacionalista que se incubaba en su seno y que no tardaría en alumbrar como un mosntruo?

Muchas cosas habían ocurrido en España desde la muerte de Franco y las olimpíadas de Barcelona fueron como un broche magnífico que certificaba el ingreso de España en la Europa del progreso y la democracia. Sin embargo, las cosas estaban empezando a cambiar. Todo se gestó durante aquellos 10 años que mediaron desde la aprobación de nuestra Constitución hasta la proclamación de Barcelona como sede olímpica.

El nacionalismo catalán, liderado por Jordi Pujol, ideó desde el principio una ambiciosa estrategia política cuyo objetivo era la construcción nacional de Cataluña. Sin embargo, nos tuvimos que plantar en 1992, el año de las olimpiadas, para que el sentimiento antiespañol emergiese en todo su esplendor, haciendo añicos la ilusión de un nacionalismo afectuoso con España.

Las olimpíadas de Barcelona fueron un orgullo para todos. El fruto de un esfuerzo y de un empeño colectivo, saludado con euforia por el aquel entonces presidente de la Comunidad de Madrid. España entera se volcó en ellas. Sin embargo, entre los nacionalistas predominaba la idea de que las olimpíadas eran patrimonio exclusivo de Cataluña, sin que a España le correspondiera papel alguno en la gesta.

El conflicto se inició con el boicot a Cobi, la mascota de los juegos, por el hecho de que su creador, Mariscal, había criticado a Jordi Pujol. Pero eso solo fue el aperitivo. Para evitar que el himno español fuese silbado se optó en varias ocasiones por hacer sonar en su lugar Els Segadors cuando los reyes entraban en el estadio. Se intentaba de este modo impedir que se infligiese un escarnio a España delante del mundo. Aun así, en más de una ocasión se oyeron pitidos, incluso cuando algún atleta español conseguía el oro olímpico y se izaba la bandera de España, preludio, sin duda, de la injuriosa afrenta vivida en las finales de las competiciones futbolísticas de los últimos años.

Lo que se veía en el estadio desde la televisión contrastaba con la entrega entusiasta y la alegría desbordante que despertaban los triunfos de los atletas españoles entre los habitantes del cinturón industrial y los barrios populares de Barcelona. Recuerdo que en Castelldefels había instalada una pantalla gigante en la Plaza de la Estación desde donde los ciudadanos seguían con entusiasmo todas las tardes las competiciones. Cuando algún atleta o equipo español conseguía una medalla, y no digamos si ésta era de oro, la explosión de júbilo que se producía era indescriptible, solo comparable a la que estallaría bastantes años después con la conquista de la Copa del Mundo por la selección española de fútbol.

El sentimiento de animadversión hacia España no era compartido, ni mucho menos, por la mayoría de la población. Pero ahí estaba ya, agazapado, incubando el odio con el que finalmente han logrado contaminar a muchos catalanes, aunque, por fortuna, no a la mayoría. Ahí muchos pudimos ver ya que el nacionalismo no pretendía solo la supremacía de la lengua y la cultura catalanas en Cataluña, sino que su afán de singularización iba mucho más allá. Muy pocos hicieron algo por evitarlo.


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