Hay que reconocer que Salvador Illa está comenzando su mandato con una buena suerte increíble. Ha conseguido los votos de ERC poco antes que el conflicto interno se recrudeciera hasta límites insospechados y mientras él está en el Palau, Oriol Junqueras y Marta Rovira andan a navajazos. Pocos votos va a poder quitar la nueva dirección de ERC tras el Congreso a los socialistas visto el baño de sangre que están protagonizando todas sus camarillas.
Además, Junts sigue decidiendo que quiere ser de mayor, si una alternativa de gobierno que atraiga a sus antiguos pilares – empresarios, comerciantes y, en general, el gran y el mediano dinero de Cataluña – o una especie de movimiento nacional alrededor del mesías Puigdemont siempre dispuesto a perder todas las batallas políticas.
Hasta la lluvia beneficia a Illa. Mientras los últimos meses de Pere Aragonès como presidente los tuvo que vivir con la espada de Damocles de tener que cerrar el grifo a las grandes ciudades catalanas, las lluvias de las últimas semanas han mejorado la situación de los embalses y, aunque la crisis no ha acabado, está bien encauzada a la espera de que siga lloviendo en octubre y noviembre. No hay peligro inmediato de graves restricciones en Barcelona y alrededores.
Ciudadanos ya no es un peligro para los socialistas tras su desaparición en el Parlament y en el mapa municipal, los Comunes se han convertido en una copia ampliada de Iniciativa – han pasado de alternativa a la hegemonía socialista a mera muleta – y PP y VOX no preocupan en exceso a la dirección del PSC, porque considera que sus electorados son muy diferentes.
La seguridad sí que es un baldón para los socialistas, pero perjudica más al alcalde Collboni, dada la pésima imagen de Barcelona, heredada de Ada Colau y de la complicidad del PSC como socio de gobierno. Al final, los graves problemas de peleas, robos y violaciones hacen que el foco se ponga, sobre todo, en los alcaldes, por mucho que la ineficacia de unos Mossos d’Esquadra con unos mandos demasiados politizados tenga mucho que ver en que Barcelona y alrededores sea el paraíso de los maleantes.
Y es que no hay manera que la gran traición del PSC a sus votantes, el ser cómplices de la persecución del castellano, y no solo en el ámbito escolar, cale entre la opinión pública. Es como si a millones de catalanes castellanoparlantes les importara un pito que Salvador Illa esté violando sus derechos lingüísticos dando barra libre a los fanáticos de Esquerra para que multen e impongan el catalán a cualquier precio. Hasta en eso tienen suerte. O llámenle dominio absoluto del mapa mediático catalán.
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