La Candidatura d’Unitat Popular (CUP) ha construido su marca electoral sobre la estética de la rebeldía y el rechazo frontal a las estructuras del poder tradicional. Sin embargo, detrás de las camisetas reivindicativas y las proclamas asamblearias se esconde una realidad pragmática. El partido que prometía bloquear los engranajes del sistema se ha convertido en una pieza fundamental para la supervivencia de las fuerzas de siempre.
La trayectoria de la formación ultraizquierda demuestra que su supuesta condición antisistema desaparece cuando se abren las negociaciones de poder. Su papel histórico en la política catalana no ha sido el de un agente dinamitador, sino el de una cómoda muleta para el nacionalismo institucional. Cada vez que el centroderecha o la izquierda oficialista han necesitado estabilidad, los antisistema han acudido al rescate.
El ejemplo más evidente de esta contradicción se vivió en el Parlamento de Cataluña tras el auge del proceso separatista. La CUP no dudó en dar el visto bueno a la investidura de Carles Puigdemont, asumiendo un rol de socios dóciles del centroderecha nacionalista. Posteriormente, la formación repitió la operación entregando sus votos para investir a Quim Torra, un perfil alejado de cualquier postulado marxista.
La condescendencia de los cupaires con las élites políticas no se limita al ámbito autonómico, sino que se extiende con naturalidad al municipalismo. En Sant Cugat del Vallès, uno de los municipios con mayor renta per cápita de Cataluña, la CUP aparcó su pureza ideológica sin miramientos. Entre 2019 y 2023, la formación formó parte de un tripartito gubernamental junto al PSC y a Esquerra Republicana.
Aquel pacto en el feudo histórico de la antigua Convergència demostró que el reparto de despachos pesa más que los dogmas anticapitalistas. Los concejales de la CUP asumieron responsabilidades de gestión ordinaria en un ayuntamiento burgués, integrándose plenamente en las dinámicas de la administración que prometían combatir. Las proclamas de desobediencia civil quedaron relegadas a cambio de parcelas reales de poder local.
El escenario actual en el Ayuntamiento de Girona confirma que este comportamiento no es una excepción, sino un modus operandi consolidado. Los antisistema lideran el ejecutivo local compartiendo las decisiones de gestión y el presupuesto con los concejales de Junts. El pacto incluye la presencia de perfiles de la derecha catalana tradicional como Gemma Geis, que ejerce el cargo de vicealcaldesa.
Resulta paradójico que un partido que teoriza sobre la colectivización económica comparta mesa y estrategia con los sectores más liberales del nacionalismo. La convivencia en los despachos de Girona evidencia que las diferencias programáticas se difuminan cuando se trata de asegurar la gobernabilidad. Los cuadros de la CUP han demostrado una notable capacidad de adaptación para convivir con la vieja política.
Este pragmatismo institucional revela el verdadero perfil sociológico de una organización que recluta a gran parte de sus dirigentes en la propia burguesía catalana. Muchos de sus cargos públicos provienen de entornos acomodados y familiares estrechamente vinculados al catalanismo de orden. La radicalidad estética funciona como una marca de distinción juvenil que se domestica al entrar en contacto con las instituciones.
La CUP funciona, en la práctica, como una agencia de colocación para sus cuadros militantes a través de asesorías y concejalías bien remuneradas. El discurso contra las estructuras opresoras del capital se mantiene activo en los mítines, pero se neutraliza por completo en el día a día institucional. La prioridad de la formación ha pasado a ser la ocupación de espacios de influencia dentro del mismo engranaje que critican.
La ficción de la CUP como alternativa periférica y hostil al régimen ya no sostiene un análisis riguroso de la realidad política en Cataluña. Su evolución demuestra que el anticapitalismo es un producto de consumo electoral útil para canalizar el voto del descontento juvenil. Al final del trayecto, el partido antisistema siempre acaba siendo el salvavidas de las fuerzas tradicionales y el garante de sus poltronas.
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