
Fui a la cafetería de ‘El Corte Inglés’ de María Cristina porque esperaba un bar tradicional, de los típicos de sus centros comerciales, con productos solventes a un precio, que sin ser económicos, responda a una apañada relación calidad-precio — como pasa, por ejemplo en el restaurante panorámico de Plaza Cataluña –, y me encontré con una decepción total.
Las frituras no eran nada baratas, y tenían poca gracia. Las patatas fritas que acompañaban a las hamburguesas estaban frías, y las tiras de calamar tenían un rebozado digno del chiringuito más cutre de la fiesta mayor más cutre del pueblo más cutre. Y, por supuesto, también fríos. Las croquetas no tenían mal sabor, pero el acabado final era muy mediocre. Las croquetas o están recién hechas, o pierden mucho, y no fue el caso cuando el precio que cobraban merecía más atención.
Las hamburguesas, sin ser baratas, no estaban mal, y podían salvar con dignidad el buen nombre de lo que fue la ‘cafetería’ de este establecimiento. Pero dejarte más de veinte euros por barba para comer peor que si te pides un bocadillo de tortilla en cualquier bar de apariencia modesta no contribuye al buen nombre de esta poderosa cadena de grandes almacenes.

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