Junts per Catalunya ha activado el botón del pánico en Barcelona ante el temor real a un descalabro absoluto en las próximas elecciones municipales. La designación de Jordi Martí Galbis tras un ajustado proceso de primarias no es un síntoma de renovación, sino el reflejo de un partido desnortado. La formación neoconvergente ha preferido refugiarse en la nostalgia antes que construir una alternativa sólida y de futuro para la capital catalana.
Los afiliados han optado por la vía del menor esfuerzo al elegir al candidato que más se parece a Xavier Trias. Buscan replicar de forma idéntica la fórmula de un político que, si bien logró ganar los comicios de 2023, fue incapaz de tejer las alianzas necesarias para gobernar. Aquella victoria estéril dejó al partido en la oposición y demostró la debilidad de un proyecto basado en personalismos y carente de socios estratégicos en el pleno.
El triunfo de Martí Galbis con apenas el cuarenta por ciento de los votos desvela la profunda división interna que arrastra la organización. Poco más de par de centenares de votos ha bastado para encumbrar al nuevo alcaldable en unas votaciones marcadas por una participación muy modesta que apenas superó los seiscientos sufragios. Esta extrema fragilidad interna constata que las bases están desmovilizadas y que el proyecto carece del entusiasmo necesario para asaltar la alcaldía.
La estrategia de Junts consiste en prolongar de forma artificial el aroma de la vieja Convergència para ocultar que carecen de un modelo de ciudad real. Confían el destino de las siglas a un perfil institucional y discreto que ha vivido a la sombra del antiguo alcalde durante años. Es una maniobra desesperada para retener al votante moderado que observa con recelo los vaivenes radicales de la dirección nacional del partido en Waterloo.
Por si fuera poco, los primeros pasos del candidato ya evidencian la desesperación de quien se sabe acorralado por las encuestas y la irrelevancia. Martí Galbis no ha tardado ni veinticuatro horas en abrir la puerta a posibles pactos con formaciones de la periferia ideológica y la extrema derecha independentista. Este giro oportunista demuestra que Junts está dispuesto a sacrificar cualquier atisbo de centralidad política con tal de arañar un puñado de votos.
Barcelona necesita un cambio de rumbo urgente para revertir los años de decadencia y las políticas intervencionistas heredadas de la etapa de Ada Colau, que el actual Gobierno municipal apenas ha corregido. Desgraciadamente, la alternativa que ofrece Junts se limita a un mero ejercicio de supervivencia de sus cuadros locales. El debate de ideas ha sido sustituido por el mantenimiento de las cuotas de poder internas de una facción que se resiste a desaparecer.
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