El Espanyol ha sido especialista en desaprovechar oportunidades para crecer. Cuando llegó la emigración de otros regiones de España a Cataluña en la década de los cincuenta y sesenta, que el Barça si que supo capitalizar, nosotros no supimos atraerles para que se hicieran pericos. Claro que está que ellos tenían a Kubala, y nosotros íbamos de conflicto en conflicto interno. Pero perdimos una gran ocasión para dar el salto.
Perder la final de Leverkusen fue duro. Pero deshacer el equipo que nos llevó a esa final de la UEFA fue un desastre. Para intentar sufragar una deuda que luego se volvió a disparar vendimos a nuestras estrellas, y acabamos en el pozo, y debiendo más dinero. No aprovechamos el efecto positivo que llevó a que toda Cataluña, y media España, se fijara en aquel “Euskoespanyol” de Javier Clemente, y caímos en una decadencia rápida y brutal que acabó con el derribo del viejo estadio de Sarriá después de una agonía que duró varios años.
En el año 2000, con un Barça en plena sequía de títulos, tampoco supimos aprovechar la euforia generada por el Centenario y por la Copa del Rey ganada en Valencia. De hecho, a los pocos meses la grada estaba dividida en “floristas” y “antifloristas” (no culpo a nadie, yo también me metí en ese jardín) y después vinieron los años en los que destituimos a Juande, Moya, Clemente. No supimos sacar partido del desastre que vivió el Barça en la última etapa de Núñez y, sobre todo, en los años de Joan Gaspart en la presidencia azulgrana. Nunca nos perdonaremos el haber perdido esta gran oportunidad, ya que durante su mandato nuestro rival estaba en plena descomposición deportiva, económica, social y de moral colectiva. Tampoco aprovechamos los dos años de gloria en los que ganamos la Copa del Rey en el Bernabéu y la temporada siguiente jugamos la final de la UEFA en Glasgow.
Y no hemos sabido aprovechar la presencia de destacados seguidores pericos en las más altas esferas del deporte español y mundial (Pablo Porta, Francisco Román, Antonio Baró, José Antonio Samaranch, Pedro Tomás). De la misma manera que el Barça o el Madrid siempre han sabido extraer jugo a los “suyos” cuando han estado en esferas de poder, una extraña amnesia ha afectado a algunos de nuestros prohombres cuando han ocupado cargos destacados en la Federación Española de Fútbol, en la Liga de Fútbol Profesional o en el Comité Olímpico Internacional. Lo que no tengo tan claro es si todo es culpa de los “desagradecidos” o es que nuestros dirigentes no han sabido utilizar de la mejor manera las posibilidades de influenciar que tenían. La conclusión al final es clara: o hemos sido unos pardillos, o los nuestros se han olvidado de nosotros cuando han llegado a lo más alto.
Al final, el crecimiento social que hemos tenido en los últimos años ha venido a pesar de la inestabilidad en el club – con el presidente Chen muy cuestionado por la grada – y por la inestabilidad deportiva – dos descensos en pocos años alternados con temporadas de pura lucha por evitar el descenso, incluso el año pasado tras la mágica primera vuelta. Hay un hartazgo en la sociedad catalana sobre ciertos consensos que son falsos y el Espanyol ha sido una de sus válvulas de escape. Aprovechemos esta oportunidad caída del cielo y no desperdiciemos, una vez más, la posibilidad de hacer cosas importantes.
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