El sentimiento perico trasciende lo estrictamente futbolístico para convertirse en un ejercicio de criterio propio. Durante décadas, el entorno mediático y social ha pretendido vincular la catalanidad de manera exclusiva a un solo club. Sin embargo, la realidad de la calle demuestra que la diversidad enriquece a nuestra sociedad.
Ser del RCD Espanyol, del Joventut, del Europa o del Granollers es una forma de catalanidad tan genuina como cualquier otra. Quien pretende monopolizar las esencias e identidades demuestra haber sucumbido a un relato simplista que pertenece al pasado.
En el plano social, las etiquetas ajenas carecen de importancia. La afición blanquiazul ha demostrado históricamente una personalidad firme frente a las consignas mayoritarias. No se trata de encajar en el molde establecido por otros, sino de defender con orgullo unos colores y un sentimiento propio.
En el terreno de juego, la rivalidad es el motor del deporte. El espanyolista vive el fútbol con la pasión adecuada a su identidad. Desear el tropiezo deportivo del eterno rival forma parte de la lógica del juego. Es la misma dinámica que mueve a las grandes rivalidades del fútbol mundial en Madrid, Sevilla, Milán o Buenos Aires. La clave reside en mantener esa exigencia y tensión competitiva estrictamente dentro de los noventa minutos.
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