Oriol Junqueras ha vuelto a demostrar que su estrategia política sigue anclada en el agravio y la división. Durante la tradicional ofrenda floral a la tumba de Francesc Macià, el líder de Esquerra Republicana de Catalunya (ERC) ha optado por el ataque directo a la Corona. Sus palabras reflejan una preocupante falta de voluntad para construir puentes en un momento en que Cataluña necesita estabilidad y respeto institucional.
En lugar de analizar el contenido del discurso de Felipe VI, Junqueras ha preferido recurrir a la descalificación personal y política. El dirigente republicano ha acusado al Rey de ser uno de los pocos jefes de Estado europeos que, según su visión, «hace apología de la violencia». Esta afirmación no solo es desproporcionada, sino que falta a la verdad histórica y al papel constitucional que desempeña el monarca.
El exvicepresidente de la Generalitat ha recuperado el fantasma del referéndum ilegal de 2017 para alimentar su narrativa victimista. Asegura que el Rey «aplaude a quienes apalean a demócratas», una interpretación sesgada que busca reavivar la tensión social en plena Navidad. Esta retórica agresiva parece ser la única herramienta que le queda a una ERC que teme perder su hegemonía ante el empuje de otras fuerzas separatistas.
Mientras el resto de España busca puntos de unión en las palabras del monarca, Junqueras prefiere ignorar la realidad institucional. Para el líder de ERC, el mensaje de Felipe VI carece de valor, situándose él mismo fuera del marco de convivencia que rige para todos los ciudadanos. Es un gesto de desprecio que no solo afecta a la Corona, sino a los millones de catalanes que se sienten representados por ella.
Mientras el PSOE sigue haciendo concesiones al independentismo, sus socios en Cataluña no muestran la más mínima intención de lealtad institucional. Este episodio es un recordatorio de que los favores políticos no han servido para moderar el discurso rupturista de los republicanos.
En su intervención, Junqueras ha intentado desviar la atención hacia temas sociales, pero siempre bajo el prisma del soberanismo. Ha asegurado que su pensamiento está con las familias que sufren dificultades, prometiendo «luchar» por más recursos para Cataluña. Sin embargo, su insistencia en la soberanía como solución a los problemas de vivienda o transporte suena a una promesa vacía y recurrente.
El mensaje de «esperanza» que ha querido trasladar el líder de ERC se ve empañado por su incapacidad para aceptar la pluralidad política. Al centrar su discurso en el ataque al Jefe del Estado, Junqueras demuestra que su prioridad sigue siendo la agitación ideológica. El bienestar de los ciudadanos parece ser secundario frente a la necesidad de mantener vivo el conflicto con las instituciones españolas.
España afronta un nuevo año con la incertidumbre de unos pactos que parecen no saciar nunca la ambición del separatismo. El desprecio de Junqueras al mensaje navideño es solo el preludio de lo que será una legislatura marcada por el chantaje constante. Mientras el centro-derecha apela a la Constitución, la izquierda sigue permitiendo que sus socios erosionen los pilares fundamentales de nuestra democracia.
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