Oriol Junqueras ha recuperado el bastón de mando en Esquerra Republicana con una contundencia que deja poco margen a la disidencia. Tras meses de ruido interno y una fractura que amenazaba con atomizar la formación, el expresidente ha logrado domar a los sectores que osaron cuestionar su liderazgo. El último congreso no solo ha validado su regreso, sino que ha servido para certificar la derrota definitiva del sector otrora fiel a Marta Rovira.
La estrategia de Junqueras ha sido quirúrgica, centrando sus esfuerzos en descabezar el principal foco de rebelión: la Federación de Barcelona. Este órgano, tradicionalmente díscolo y controlado por sus opositores, ha acabado sucumbiendo a la presión del aparato oficialista. Mediante una serie de movimientos internos, el líder de ERC ha logrado arrinconar a los cuadros críticos, dejando a la federación más potente del partido bajo su estricta zona de influencia.
La culminación de este proceso de control absoluto tiene nombre propio: Elisenda Alamany. Quien fuera su número dos en la candidatura nacional se ha consolidado ahora como la pieza clave para el asalto a la capital catalana. Alamany será la próxima candidata a la alcaldía de Barcelona, una decisión que no admite discusión interna tras haberse presentado como la única aspirante en las primarias del partido.
Este movimiento supone un golpe de autoridad doble. Por un lado, Junqueras sitúa a una persona de su máxima confianza al frente de la plaza política más importante de Cataluña tras la Generalitat. Por otro, desactiva cualquier intento de los sectores críticos por promover una alternativa que pudiera servir de contrapeso a su poder desde el Ayuntamiento de Barcelona.
La caída en desgracia de la antigua dirección de la Federación de Barcelona es el reflejo de un partido que busca orden a base de uniformidad. Los opositores, que intentaron abanderar una «renovación» alejada del hiperliderazgo de Junqueras, se encuentran hoy fuera de los centros de decisión. La dimisión en bloque de varios directivos de la junta local barcelonesa hace solo unos meses fue el preludio de una rendición que hoy parece total.
Para los observadores más escépticos, este «orden» interno tiene un aroma de purga clásica. La izquierda catalana suele presumir de debate asambleario, pero la realidad en ERC es que la disidencia se paga con el ostracismo. El control de las listas y de los órganos de gobierno es la herramienta que Junqueras ha utilizado para silenciar las voces que pedían una autocrítica profunda tras los últimos reveses electorales.
El papel de Alamany en esta nueva etapa es fundamental. Procedente de los «comuns», su ascenso meteórico dentro de las filas republicanas siempre despertó recelos entre la vieja guardia. Sin embargo, su lealtad inquebrantable a Junqueras le ha servido para escalar hasta la Secretaría General y, ahora, a la candidatura municipal. Es el rostro de la nueva ERC: más personalista y totalmente alineada con el despacho de su presidente.
La oposición interna a Junqueras ha quedado reducida a la mínima expresión, incapaz de articular un discurso alternativo que seduzca a una militancia cansada de peleas intestinas. Junqueras ha sabido leer ese agotamiento para presentarse como el único garante de la estabilidad. No obstante, esta pax romana deja al partido con menos pluralidad y con una dependencia absoluta de la figura de su líder máximo.
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