El Camp Nou, corazón del barcelonismo, debía estar acabado para finales de 2024. Esa era la promesa firme de Joan Laporta cuando presentó con entusiasmo el proyecto Espai Barça. Hoy, a pocos meses de cerrar el año, lo único que avanza con paso firme son las grúas. El estadio está lejos de completarse y la realidad golpea a los socios: se ha vuelto a prometer lo que no se podía cumplir.
Joan Laporta supo vender el Espai Barça como el renacer del club tras la tormenta económica heredada. Aseguró que las obras serían rápidas, eficientes y que el equipo volvería al Camp Nou para la temporada 2024-25. Sin embargo, ese regreso se va retrasando y ahora se habla de volver en septiembre, pero con un aforo muy reducido, inferior a los 30.000 espectadores.
Durante su campaña, Laporta construyó un relato de liderazgo moderno, eficiente y transparente. Pero en la práctica, ha ocultado información clave a los socios. ¿Dónde están los informes técnicos que justifiquen el nuevo calendario? ¿Por qué no se ha explicado con claridad el motivo de los retrasos? Las excusas sobran, pero las respuestas faltan.
Y no se trata únicamente de cemento y acero. Este retraso tiene un costo deportivo, económico y emocional. El Barça pierde millones cada partido fuera del Camp Nou, los patrocinadores presionan, y el equipo juega en un ambiente hostil y sin la fuerza de su afición. Todo por una gestión errática que los socios no merecen. El Camp Nou será, algún día, un estadio moderno y majestuoso. Pero el camino hasta allí está manchado por la improvisación y la propaganda.
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