Este 8 de agosto se cumple un año exacto desde uno de los episodios más insólitos de la política catalana reciente: la inesperada huida de Carles Puigdemont desde pleno centro de Barcelona, bajo vigilancia policial, sin que los Mossos d’Esquadra pudieran (o supieran) detenerlo. Lo que parecía una rutina judicial más, acabó convirtiéndose en un símbolo de descoordinación y ridículo institucional.
La huida fue aprovechada por los círculos independentistas como una victoria simbólica frente al Estado, pero la reacción ciudadana fue más bien de estupefacción. ¿Cómo es posible que el hombre más vigilado de Cataluña lograra escapar sin resistencia ni consecuencias inmediatas tras dar un mitin en el centro de Barcelona? Las respuestas no llegaron ni ese día ni en las semanas posteriores, alimentando aún más las sospechas de complicidad o negligencia grave.
Durante meses, el Departament d’Interior evitó dar explicaciones claras. Se habló de una «cadena de errores operativos», de «información contradictoria entre unidades». Lo cierto es que Puigdemont reapareció en Bruselas apenas tres días después, sonriente y más desafiante que nunca.
El informe interno de los Mossos, filtrado parcialmente a la prensa en noviembre de 2024, no ayudó a calmar los ánimos. Se reconocía que hubo «falta de seguimiento constante» y «errores de coordinación interterritorial», pero no se depuraron responsabilidades. Ningún alto cargo fue cesado, y los sindicatos policiales hablaron abiertamente de «vergüenza profesional».
De hecho, los tres agentes que fueron suspendidos por ayudar a Puigdemont en la huida se han reintegrado a su puesto de trabajo. La Dirección General de la Policía del Departamento de Interior de la Generalitat de Cataluña ha dejado en suspenso las medidas cautelares de suspensión de empleo y sueldo contra estos mossos al cumplirse el periodo máximo establecido en este trámite administrativo.
Un año después, la figura de Puigdemont continúa polarizando a la sociedad catalana, pero el recuerdo de aquel escape ha dejado una marca imborrable en la credibilidad de los Mossos. Desde entonces, el cuerpo ha tenido que afrontar una profunda crisis interna, con caídas en los índices de confianza ciudadana y una creciente presión mediática.
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