Jiménez Villarejo: “Con el independentismo no se puede ni pactar, ni ceder ni mostrarse más débil” (1 de 2)

 

Una entrevista de Luis Caldeiro

El ex-fiscal Anticorrupción habla para ElCatalán.es tras la multitudinaria manifestación contra el independentismo del 8 de octubre y el amago de declaración de independencia por parte del presidente de la Generalitat.

Carlos Jiménez Villarejo (Málaga, 1935) se las ha tenido que ver más de una vez con el establishment nacionalista catalán. En los lejanos días del caso Banca Catalana, por ejemplo, siendo fiscal Anticorrupción, hubo de contemplar estupefacto cómo Jordi Pujol -cuyo procesamiento había solicitado, junto a otros 17 ex-directivos de este banco- se envolvía en la senyera, agitaba el fantasma de los agravios a Cataluña y finalmente eludía la acción de la justicia.

Hoy, si algo distingue a este destacado jurista, referente moral en la lucha contra la corrupción, es su inequívoca posición contra  el denominado “procés” independentista. Y siempre desde posiciones de izquierda. Algo que no le ha granjeado precisamente simpatías en este espacio político,  donde prácticamente no se concibe ser “izquierdista” sin pagar el peaje de apoyar o justificar a esta ideología.

Villarejo nos atiende al otro lado del aparato. Su voz resuena cansada por el trajín de estos últimos días de vértigo, cuajados de acontecimientos.

ElCatalán.es: En el momento de realizar esta entrevista, se cumplen exactamente 72 horas de la convocatoria de la mayor manifestación que se haya dado en Barcelona contra la independencia, de signo “españolista” o “unionista” (como dirían los soberanistas), como prefiera. ¿Cree que esta manifestación marca un hito, el del fin de la invisibilidad de la llamada “mayoría silenciosa”? ¿O por el contrario cree que se trata de algo puntual, forzado por las circunstancias?

Jiménez Villarejo: Yo no soy experto en estudios sociológicos ni en movimientos de masas en unas determinadas circunstancias. Además le anticipo que no soy ni “unionista” ni “españolista”. Yo estaba como representante de un amplio grupo de izquierdas que va creciendo, que se llama Izquierda No Nacionalista. Por tanto, esos calificativos que ha mencionado no me corresponden. Estaba en la manifestación, repito, como persona que ha sido siempre de izquierdas, originalmente en el PSUC y ahora en una izquierda de las que no se doblegan, de las que no se rinden y de las que no pactan con los independentistas. Lo digo para dejar las cosas claras. Yo soy quien soy. He sido siempre de izquierdas, y donde ha estado la izquierda, ahí he estado yo.

E.C.: Comprendo. ¿Pero qué me puede decir de la manifestación?

J.V.: Francamente, hacía tiempo que no iba a una. Obviamente, no he acudido a las Diadas que habitualmente se celebran en Cataluña, por razones ideológicas. Pero sí asistí en su día a la manifestación contra la invasión de Irak, contra el asesinato de Ernest Lluch, etc. He ido a muchas. Y he de decir que la del domingo día 8 fue ciertamente impresionante. Yo iba en la cabecera, así que hice todo el recorrido y pude ver masas y masas y masas; multitudes de personas que abarrotaban las calles (la de Pau Clarís, la Vía Layetana sobre todo, y luego el trecho hasta la Estación de Francia), ocupando incluso las aceras y desbordando los límites fijados para que la manifestación pudiese avanzar. Las aceras estaban llenas, llenas de gente. Y tuve la sensación de que hacía mucho tiempo que no veía la cara de las clases populares en Cataluña, en el sentido estricto de la palabra: gente sencilla, modesta, que está harta de que a lo largo de tantos años, sobre todo estos últimos, le estén estafando democráticamente, maltratando desde el punto de vista de los ideales democráticos.

E.C.: Pero había muchas banderas españolas.

J.V.: Pues sí. Pero es que, nos guste o no, es la bandera de España. Yo no la comparto, porque mi espíritu es el republicano. Ojalá tuviéramos pronto una república (española). Obvio. Pero respeto que la gente lleve banderas españolas, como también había muchas senyeras, banderas republicanas y de la Unión Europea. Una vez hecha esta consideración, he de decir que para mí fue una manifestación excepcional. Como no soy experto en sociología de manifestaciones no puedo decir qué cifras de participación, de las varias que se han dado, son las correctas, pero vi miles y miles de personas. Empecé en plaza Urquinaona y llegué hasta la Estación de Francia y aquello era una permanente multitud que gritaba a favor de la unidad de España, pero que también lanzaba gritos de “Puigdemont a prisión”. Algo que, más allá de que sea posible o realizable, era lo que le salía de dentro. Básicamente porque están hartos de aguantar un gobierno independentista, que gobierna en contra de una parte importante de la población que nada tiene que ver con sus planteamientos separatistas. Una parte que yo considero francamente mayoritaria, como se expresó el día 8 en la calle.

E.C.: Sin embargo, desde el lado soberanista se está intentando desvirtuar la manifestación. Concretamente, el diario ARA titulaba al día siguiente: “El españolismo desembarca en Barcelona a las puertas de un nuevo choque”, en alusión a los manifestantes venidos de otros puntos de España en autocar, coche o AVE. Versión que reiteraba en un tuit el diputado de ERC Gabriel Rufián: “Hoy hemos aprendido que la famosa mayoría silenciosa ni es mayoría, ni es silenciosa ni es catalana”. Y el propio presidente de Societat Civil Catalana (SCC), Mariano Gomà, denunciaba en Radio Nacional que desde el soberanismo se estaban utilizando fotografías tomadas el 12 de octubre de 2012 en plaza Cataluña, donde aparecían banderas pre-constitucionales de grupos ultras, atribuyéndolas a la manifestación del día 8. ¿Qué opina usted de esto?

J.V.: Claro, tienen que hacerlo porque son unos mentirosos casi enfermizos. Para las personas que, como yo, estuvimos en el interior de la manifestación desde su arranque hasta el final, allí había una multitud impresionante de personas; y calificar a éstas de “españolistas” me parece un despropósito absoluto y una mentira. Porque entre esas personas estaba yo, que nunca he sido “españolista”,  jamás en mi vida. Primero porque he nacido en Andalucía, y segundo, porque he pasado prácticamente toda mi vida en Barcelona y siempre me he sentido parte, no solo de Cataluña y de España, sino de la Comunidad Internacional, y particularmente de las clases oprimidas de todo el mundo. Como comunista que he sido en su origen y como persona de izquierdas que soy ahora, mi patria es la patria de los oprimidos: de los refugiados que huyen de Oriente Medio, de la población negra que vive sometida en los Estados Unidos, de aquellos que son perseguidos en cualquier estado de signo dictatorial. Por tanto, todo eso es mentira. Y ellos saben que es mentira.

E.C.: ¿Y qué me dice de Gabriel Rufián?

J.V.: A ese diputado que se llama Rufián, lo único que le pediría es que se callase de una puñetera vez. Porque es un parlamentario absolutamente ficticio, que lo han colocado ahí para aparentar no se sabe qué, y que no tiene la menor idea ni de política, ni de ciencias sociales, ni de lo básico para prestar un servicio público como es el Congreso de los Diputados. Por tanto, lo que le pediría es que se retirase del Parlamento y se fuese a su casa, que es donde tendría que estar y de donde no debería haber salido nunca.

E.C.: Sin embargo, su antigua formación, Podemos, también ha descalificado la manifestación. Afirma que estaba “secundada y liderada” por la “extrema derecha” y lamenta que el PSOE se esté uniendo a un bloque encabezado, en su opinión, por “el PP, Ciudadanos, Vox y Falange”.

J.V.: Podemos está incurriendo en errores repetidos desde su fundación, que fue un motivo de esperanza para el pueblo español. Tanto, que yo mismo participé en ese arranque para, al cabo de escasos meses, marcharme del partido al ver el desvío que se estaba produciendo, puesto que ya ha dejado de ser una auténtica fuerza de izquierdas, francamente. Y como prueba de ello, podría citar este ejemplo: el 20 de septiembre, cuando algunos altos cargos de la Generalitat fueron detenidos escasas horas a fin de practicar diligencias de investigación sobre la preparación del referéndum ilegal (declarado así por el Tribunal Constitucional), el líder de Podemos, Pablo Iglesias, se permitió decir que en España había “presos políticos”. A este dirigente, que yo creo que ahora mismo está muy desorientado política e ideológicamente  -se ve que al no estar en la Universidad ha perdido el norte- le recordé en un escrito que en 1976, ya muerto el dictador, se habían producido en España más de cuatro mil detenciones por el ejercicio de derechos fundamentales como libertad de expresión, reunión, manifestación, etc. Y que la moderada y corta duración de unas detenciones de cargos públicos por abuso de poder, no podía calificarse de “presos políticos”. Es decir, que se están falseando las cosas, se están empleando términos totalmente desproporcionados e injustos en la calificación de estos hechos.

E.C.: ¿Entonces, qué está ocurriendo en Podemos?

J.V.: Creo que tanto Pablo Iglesias como Pablo Echenique -a los que personalmente respeto, como es natural- están absolutamente desorientados desde el punto de vista ideológico. Han perdido el norte. Y todas las encuestas van dando pistas de que Podemos va a sufrir un importante batacazo electoral, precisamente porque no está funcionando como una auténtica fuerza de izquierdas, sino que se está convirtiendo en una especie de acólito o aliado –más o menos discreto, dependiendo del momento y de las personas- del independentismo. Lo cual lo descalifica absolutamente como fuerza de izquierdas, repito.

E.C.: Ahora que menciona el tema, usted se define como miembro de esa izquierda que -cito sus palabras- “no se doblega, no se rinde y no pacta” con independentistas. Pero la cruda realidad es que la mayor parte de lo que llamamos “izquierda” comprende o justifica -cuando no apoya directamente- al nacionalismo. ¿Por qué cree que ocurre un fenómeno tan curioso?

J.V.: Porque el independentismo se ha venido construyendo desde hace muchos años (no es un fenómeno de los últimos tiempos ni mucho menos) como una aparente alternativa de progreso para Cataluña. Y esa izquierda convencional ha querido unirse a ese carro, porque si se descolgaba parecía que ya no era de izquierdas. El independentismo es un movimiento reaccionario, en cuanto apuesta por la ruptura de la comunidad, de la convivencia, por el menosprecio de los más excluidos y los más pobres… Como todo nacionalismo, por otra parte. Esto no es ninguna novedad. Y ahora esa izquierda está fuera de lugar y se encuentra que no ha apostado seriamente por lo que tenía que apostar: por la liberación  de las clases oprimidas, por los servicios básicos a la comunidad, por la aplicación de las leyes que garanticen cultura, educación, dependencia, trabajo… en fin, lo que vienen a ser los principios básicos de una cultura izquierdista. Ante este contexto, el independentismo ha descolocado a la izquierda y la ha atraído de forma perjudicial para ella. Por eso se encuentra desconcertada, está pasando un momento difícil, momento que será aún peor, más adelante.

E.C.: Esa “Izquierda No Nacionalista” ya se está movilizando activamente, ¿no?

J.V.: En efecto. La Izquierda No Nacionalista convocó un acto antes del referéndum, el pasado 26 de septiembre, en el Centro Cívico La Sedeta, de Barcelona. Y abarrotó la sala donde nos reunimos: acudieron más de quinientas personas de diversas tendencias. No fue para nada una reunión monolítica, todo lo contrario, fue muy plural. Pero eso sí, éramos personas que estábamos convencidas de que con el independentismo no se puede ni pactar, ni ceder ni mostrarse más débil para acabar convertidos, como ya he dicho, en su aliado o acólito.

E.C.: Usted ha dejado muy claro que no es sociólogo. Pero permítame hacerle una pregunta que seguro se ha planteado más de una vez: ¿Por qué cree que esa “mayoría silenciosa” no se ha hecho visible hasta la manifestación del 8 de octubre? ¿Por qué ha esperado tanto para salir del armario?

J.V.: Puede ser razonable, porque hasta ahora la gente no había visto de verdad el riesgo de la ruptura. Es que llevamos cinco años con este tema; no puedes tener cada domingo a la gente en la calle por lo que entonces era un futurible y ahora es ya un riesgo cierto de  fractura y ruptura con España, con el perjuicio que ello supone para una inmensa comunidad de personas que se sienten catalanas, españolas, europeas o incluso mundiales, como es mi caso. Pienso que ha habido un factor determinante que es el momento presente, que es crucial, algo que nadie puede dudar. Un momento que ellos han ido preparando a lo largo del tiempo a base de concentraciones masivas de independentistas muy fieles. No se ha hecho una manifestación tan masiva hasta que se ha alcanzado un punto crítico como el actual.

E.C.: En la manifestación usted dirigió un parlamento a la multitud donde calificó al independentismo catalán de “racista y excluyente”. ¿Por qué?

J.V.: No eran palabras mías. Me limité a citar un artículo del diario francés Libération. Por tanto, la responsabilidad de estos términos corresponde a este medio. Ahora bien, ¿por qué utilizo estas palabras? Porque detrás de todo nacionalismo, quiérase o no, hay una exclusión de aquellos que no comparten la ideología dominante. Esto ocurre en todo nacionalismo, sea de aquí, de América o de cualquier país del mundo. Por tanto, cualquier exclusión social por no profesar la ideología nacionalista es una forma de racismo, porque éste no siempre va asociado a la raza o al color de la piel. Los primeros que sufrieron esta lacra en el siglo XX fueron los judíos, y en su caso no era un problema de color de la piel. Era un problema donde convergían varios factores, como la religión, el origen social, formas de vivir, culturas diferentes… Sin embargo se cometió un genocidio con ellos. Y eso que eran ciudadanos alemanes, que convivían pacíficamente. Hasta que apareció el nacionalsocialismo de Hitler, que los excluyó, los persiguió y los asesinó en masa. Y aunque no era cuestión de un signo externo, de la raza o el color, nadie puede dudar que detrás de esa ideología había un elemento fundamental que se llama racismo.

E.C.: ¿Cree por tanto que el nacionalismo catalán supura cierto racismo, tanto hacia el resto de España como hacia la mitad de la población que no comulga con sus ideas?

J.V.: No digo que sea racista, sino que posee ciertos elementos característicos y propios del racismo. Más que racismo, le cuadraría mejor el nombre de supremacismo, es decir, la sensación de que hay un sector social que, por sus características históricas, lingüísticas, culturales, etc., es superior a otros que, ocupando un estrato social inferior -hablen o no la lengua-, se considera que no pertenecen a una Cataluña pura, o simplemente, a la idea que ese sector superior tiene de Cataluña.

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