El 14 de diciembre hemos sido nuevamente golpeados por la terrible noticia de un nuevo atentado. Ha tenido lugar en Sydney (Australia) en plena celebración de Janucá, una de las fiestas judías más importantes. Cuando estoy escribiendo esto, el recuento de víctimas es de quince personas, incluidos una niña de 10 años, y un anciano superviviente del Holocausto.
Los asesinos, eran padre e hijo, uno ha muerto, el otro permanece en estable, pero su estado es crítico. Tal como decía Golda Meir “la paz llegará cuando los árabes amen a sus hijos más de lo que nos odian a nosotros”. Y la paz sigue estando lejos, muy lejos.
Tan sólo un transeúnte de 43 años, padre de dos hijos, frutero de profesión y musulmán, intervino abalanzándose hasta desarmar a uno de los asesinos. Un ciudadano valiente, un hombre decente.
Es curiosa la relajación de la seguridad o la falta de ella, en un país en el que desde el año 2000, se cuentan más 30 atentados contra sinagogas, incluidos incendios, pillajes y vandalizaciones. En este ranking de terror, Sydney es la ciudad que más sobresale.
No hablamos ya de las amenazas, humillaciones y daños personales de cualquier índole, que la población judía es objeto y que suele esconderse debajo de la alfombra. Vamos mucho más allá.
No se si recordarán un hecho acaecido precisamente en estas fechas hace 11 años. El asalto con toma de rehenes (17 personas) en la cafetería Lindt, en el centro de Sydney, por parte de un clérigo musulmán radical, llamado Man Harom Monys.
Nacido en Irán en 1964, Man Harom emigró a Australia en 1996 y durante varios años, se dedicó a la enigmática tarea de “sanador espiritual”, oficio en el que atesoró la nada despreciable cantidad de 40 denuncias, la mayoría por delitos sexuales. También fue investigado por amenazas a los familiares de soldados australianos muertos en Afganistán y como broche, por participar en el asesinato de su ex esposa. Estaba en libertad condicional. Murió junto a dos rehenes en el asalto policial.
Visto lo visto, lo que asombra es que no hubiera ningún tipo de seguridad policial. Si no lo han eliminado, miren ustedes el video en YouTube, se hace eterno, casi 20 minutos de disparos, no aparece la policía. Se hace de noche.
Pero estamos en Janucá, que recuerda al pueblo judío la reedificación del Segundo Templo y el milagro del aceite que lo ilumina en su reconstrucción. Cómo la mayoría de las cosas referentes al pueblo judío se extiende un mensaje imperturbable sobre la duración del judaísmo y la vitalidad de su fe.
Encendiendo una a una, durante 8 días las velas del candelabro de 9 brazos (januquiá), nos recuerda la resiliencia frente a la adversidad, la lucha por la libertad religiosa, o simplemente por el derecho a ser, a existir. Hoy se ha encendido la segunda luz, precisamente en el lugar donde sucedió el atentado.
Es la pervivencia de la luz frente a la opresión de las tinieblas. Cómo decía San Francisco de Asís: “Toda lo oscuridad del mundo no puede apagar la luz de una sola vela”.
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