El espacio político a la izquierda del PSOE vuelve a sumergirse en su eterno bucle de refundaciones y cambios de siglas. Izquierda Unida ha sido la primera en verbalizar lo que era un secreto a voces en los pasillos del Congreso: el proyecto de Sumar está agotado. Antonio Maíllo, líder de la formación, ha instado formalmente a sus socios a superar la marca actual para evitar un descalabro electoral definitivo ante el avance del centroderecha.
La propuesta de IU no es otra que la creación de un nuevo «frente amplio» que se presente a las próximas elecciones generales con un nombre inédito. Maíllo defiende que la futura coalición debe utilizar una nomenclatura que no coincida con la de ninguno de sus integrantes. Se trata de un intento desesperado por resetear una imagen pública desgastada por las cuitas internas y la falta de liderazgo real tras el paso atrás de Yolanda Díaz.
Para la dirección de Izquierda Unida, la actual estructura de Sumar es incapaz de aglutinar a las diversas organizaciones y votantes necesarios para frenar una alternativa de gobierno de PP y Vox. El diagnóstico es demoledor para el legado de la vicepresidenta segunda, cuya plataforma es vista ahora como un lastre más que como un motor. La militancia de IU reclama recuperar el protagonismo perdido frente a los experimentos personalistas de los últimos años.
El informe político que Maíllo presentará este sábado ante la Coordinadora Federal aboga por un proceso «movilizador» que devuelva la ilusión a sus bases. El dirigente utiliza los clásicos mantras de la izquierda —vivienda, cesta de la compra y dignidad— para justificar una enésima mutación de siglas. Sin embargo, bajo esta retórica social se esconde una cruda lucha por el control del espacio y la supervivencia de los cuadros del partido.
Resulta revelador que IU pida explícitamente no confundir «el todo por la parte», un dardo directo a la hegemonía que Sumar ha pretendido ejercer sobre las formaciones históricas. La coalición, tal y como fue concebida, se desintegra ante la evidencia de que no ha servido para ensanchar el electorado. La izquierda radical española parece condenada a un gatopardismo perpetuo: cambiar de nombre para que nada cambie en el fondo de sus políticas.
Esta maniobra añade más inestabilidad a un bloque de investidura ya de por sí fragmentado y errático. Mientras el Gobierno de Pedro Sánchez intenta proyectar una imagen de cohesión, sus socios minoritarios se preparan para una guerra de marcas y cuotas de poder. La debilidad de Sumar obliga a sus satélites a buscar refugio en nuevas etiquetas que intenten maquillar el desgaste de su gestión en el Ejecutivo.
El liderazgo de Antonio Maíllo busca así marcar distancias con el fracaso de las últimas citas electorales, donde Sumar ha ido perdiendo fuelle de manera alarmante. La nueva coalición que propone nace con el estigma de la división y la desconfianza mutua entre los socios. Es difícil que un simple cambio de nombre logre ocultar las profundas grietas ideológicas y personales que separan a las facciones de la extrema izquierda.
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