Lewinsky y Ziblatt, autores de “Cómo mueren las democracias”, afirman claramente de la importancia de las élites políticas para que los populismos no sigan arraigando en las masas que se tienen por democráticas.
Su pensamiento es claro: “La abdicación de la responsabilidad política por parte de líderes establecidos suele señalar el primer paso hacia la autocracia de un país”.
Y esto no es pensamiento de ahora, ya en 1930 Sinclair Lewis, premio Nobel de Literatura, escribió un libro sobre los Estados Unidos con el sugerente título de “Esto no puede pasar aquí” (1935) y Philip Roth, en 2004 escribió “La conjura contra América”.
De un tiempo a esta parte se está viendo como en España, poco a poco, van aceptándose frases, que con la excusa del diálogo, de la buena voluntad, de que la política no debe judicializarse, se van limando ideas que sutilmente deterioran al Estado de derecho.
Hay un sutil cambio de significado de las palabras y de su concepto, que especialistas como Álex Grijelmo o Nicolás Sartorius han señalado claramente en sus obras. Frases como el “derecho a decidir” en vez de autodeterminación, que no es aplicable en nuestra realidad; o “votar no es delito”, tegirversando la democracia; definir la “inmersión lingüistica” por lo que no es, como han señalado claramente especialistas en la materia como Mercè Vilarrubias, o Inger Enkvist.
Extraña sobremanera que los que están obligados por la misma esencia del compromiso democrático a cumplir las leyes, sin ningún empacho digan que en absoluto están por la labor.
Y lo peor no es eso, ya que la violación de la ley, y más si es sobre la Carta Magna, la Constitución, es un delito aún más grave. Y otros políticos, que afirman que la defienden, aceptan que se debe dialogar con ellos, por aquello de la democracia, la lealtad, el diálogo, cuando se está demostrando, por activa, pasiva y perifrástica que ello es imposible y se demuestra abundantemente cada día.
Por ello es preocupante que desde el Gobierno se empecine en mantener un diálogo que no es tal en absoluto, si no aceptación de una realidad perversa que no conduce a ningún camino. Extraña sobremanera que el PSOE acepte el juego del PSC, partido “hermanado” que ya demostró su forma de actuar hace tiempo con el tripartito del 2003, que fue el inicio de la debacle, con aquel nuevo Estatuto y lo que de ello se derivó.
Y ahora de nuevo el presidente en funciones del gobierno de España, vuelve a repetir la jugada, con personas que claramente están por un tipo de relación con los independentistas que conducirá necesariamente a una inacción total, cuando no, al caos, tal como se demostró con aquel tripartito del 2003.
Entonces se vió como se incumplen las palabras y las aseveraciones y que las personas que se ponen al frente de las instituciones mantienen criterios muy dóciles con lo que desean trocear España y hacer una Cataluña diferenciada de España.
No hay más que releer lo que han escrito, dicho y exclamado los que se proponen para dirigir los dos estamentos esenciales del Estado. La pregunta es si realmente tiene sentido volver a tropezar una vez más en la misma piedra.
Luis Fernando Valero
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