Estas pasadas semanas han ido desfilando ante el juez Marchena personas que fueron a votar el 1 de octubre y que describieron lo sucedido ese día con unas coincidencias realmente preocupantes por la homogeneidad de algunas de ellas de hechos calcados pero en sitios diferentes.
El País publicó el testimonio de un señor de pelo blanco, Emili Gaya, que se sienta ante el juez Marchena.
Entre ellas llama la atención la de un señor mayor, entrado en canas, que declaró haberse levantado temprano para ir a votar y que más tarde volvió acompañando a sus hijos y su nieta cuando éstos fueron a votar.
En ese momento dice que recibieron gran cantidad de golpes e insultos y que ese día de gran alegría para él se convirtió en un día muy triste, y declara que “Quiero dejar constancia de las lágrimas; Hubo muchas lágrimas”
No dudo de que hubo lágrimas en los ojos de muchos catalanes por no poder votar ese 1-O, pero también hubo muchas otras lágrimas: las de aquellos que veíamos romper un poco más nuestra convivencia y dar un paso más hacia el silencio y la represión de no poder expresar nuestro sentir más íntimo, nuestra convicción de ser catalanes y españoles y de serlo hasta la médula en esas dos vertientes que para nosotros no solo no son contrapuestas sino complementarias.
Hubo muchas más lágrimas, pero también hubo las de los que nos quedamos helados al ver cómo, organizado desde el que se suponía era el gobierno autonómico de todos los catalanes, se llevaba a cabo un acto de sedición, una imposición de ideas, un intento de golpe de Estado, la imposición de un pensamiento único al que solo le faltaban los uniformes con el cuello estilo Mao.
Hubo muchas lágrimas como dijo el declarante de pelo blanco, pero los catalanes y catalanas que lloraron no fueron sólo los que él evocó, hubo muchas más lágrimas y quizás esos catalanes y catalanes que lloraron al ver el intento de romper su país, esos también, quizás, deberían declaran ante el juez Marchena.
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