‘Haters’


Cada vez me siento más inclinada a pensar que el único combustible real en esta marcha hacia la secesión de Cataluña es el odio a España.

Hace más de cien años soplaban vientos ideológicos en Europa. Cuesta determinar si alguno tenía algo de bueno. Las ideas prácticas y sensatas, las que no necesitan de libros rojos ni negros, acaban diseminándose con el sentido común y el progreso de la cultura. Las malas, necesitan de marcos complicados que exigen la suspensión del juicio y la apelación a la fe. Los abuelos de nuestros abuelos recogieron entre otras la del nacionalismo identitario y romántico,  que siempre lleva en el corazón un regalo delicioso: por nacer donde has nacido y entre los que estaban ahí cuando llegaste ya eres una criatura excepcional. El terreno viene abonado de serie pues los sentimientos de adhesión al grupo forman parte de nuestro cableado básico.

Cierto, ¿qué tiene de malo desear la independencia? Pues que en el concierto de las naciones hay que justificarla. Hace cien años y ahora. No es un acto individual y de bajo coste social como un capricho personal. Siempre y en todos los casos los argumentos remiten a lo mismo: agravios, diferencias irreconciliables y reivindicaciones sobre un enemigo exterior. Aunque sean absolutamente falsos como ese “expolio fiscal” del que nadie habla ya, o de esas guerras que de repente ya no son civiles sino entre pueblos ajenísimos, da igual. Y aquí viene la segunda golosina. Los investigadores nos han entristecido revelándonos lo que en el fondo ya sabíamos: dar curso a la agresividad puede ser algo muy placentero. Son sentimientos que conocemos todos en algún grado. Tener a alguien a quien odiar y convertirlo en un mérito en el grupo puede dar sentido a la vida del más infeliz. Especialmente del más infeliz.

Hubo un momento en que en vez de buscar lo que teníamos en común y ampliar el círculo de la solidaridad entre ciudadanos alguien decidió cavar una zanja. Y esa zanja se llama odio y sus avatares la falsificación histórica, el agravio comparativo o la incompatibilidad ontológica. Difícil de creer posible si no hubiéramos sido testigos de sus resultados a día de hoy: el 75% de los ciudadanos catalanes tiene algún abuelo…”español”. Esto ha sido una licorería con brebajes de diversos grados etílicos que han llevado de la intoxicación leve a la severa. Y ahora tenemos a una población de “haters” enganchados a la euforia identitaria con manifestaciones de distinta gravedad pero bien extendida. A ver cómo les convencemos de que esto, aunque les hubieran contado otra cosa, no es una virtud sino una indecencia.

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