Nicolás Maduro ya conoce el frío acero de las esposas y la realidad de una celda estadounidense. El mandatario venezolano aterrizó este sábado en Nueva York tras una operación militar que ha puesto fin a décadas de impunidad. Su destino final ha sido una cárcel de máxima seguridad, donde esperará juicio por narcoterrorismo.
La llegada al aeropuerto de Stewart, al norte de la Gran Manzana, se produjo bajo un despliegue de seguridad sin precedentes. Agentes del FBI custodiaron el vuelo para evitar cualquier contratiempo durante el traslado del prisionero. Maduro no viajaba solo, ya que su esposa, Cilia Flores, compartió el mismo destino tras ser capturada.
Las imágenes difundidas por las autoridades muestran a un Maduro desorientado pero intentando mantener un cinismo habitual. Al descender del avión, saludó a los agentes de la DEA con un forzado mensaje en inglés que ya circula por todas las redes sociales. «Good night and happy new year», balbuceó el dictador.
Antes de pisar Nueva York, la pareja realizó un periplo que incluyó una escala estratégica en la base naval de Guantánamo. Tras ser extraídos de Venezuela en helicóptero, fueron embarcados en el buque de asalto USS Iwo Jima. Esta travesía marca el inicio de un proceso judicial histórico que la izquierda española observa con una incomodidad más que evidente.
Mientras el mundo celebra la caída del régimen, en España el Gobierno de Pedro Sánchez ha reaccionado con una tibieza alarmante. En lugar de aplaudir el fin de una tiranía, el PSOE se ha enredado en peticiones de «desescalada» y respeto a la legalidad. Resulta bochornoso ver cómo Moncloa prioriza las formas diplomáticas frente a la libertad de un pueblo oprimido.
Sus socios de coalición han ido incluso más allá, calificando la captura de «secuestro» y «agresión imperialista». Es la doble vara de medir habitual de una izquierda que se dice democrática pero que siempre encuentra excusas para proteger a dictadores amigos. Prefieren atacar a Washington antes que condenar los crímenes de un narcodictador confeso.
El traslado de Maduro al centro de detención de Brooklyn no es solo una victoria judicial para Estados Unidos. Es una lección de realidad para quienes en España han blanqueado el régimen chavista durante años. La justicia internacional, a veces lenta pero implacable, ha terminado por alcanzar a quienes se creían por encima de la ley humana.
En las próximas horas, Maduro deberá comparecer ante un juez federal para escuchar los cargos que pesan sobre él. Ya no hay discursos en televisión ni desfiles militares que lo protejan de la realidad de los tribunales. El hombre que sumió a Venezuela en la miseria más absoluta se enfrenta ahora a una cadena perpetua lejos de su palacio.
Queda por ver si el Gobierno de Sánchez rectificará su postura y se alineará finalmente con el resto de democracias occidentales. El silencio o la crítica velada a esta operación solo sirven para retratar a quienes prefieren la estabilidad de la dictadura a la incertidumbre de la libertad. El tiempo de las medias tintas con el chavismo ha terminado definitivamente.
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