Golpe de Estado en Cataluña: ¿qué vamos a hacer?

Puigdemont, incidiendo en su despropósito y con la colaboración expresa de su rebaño de independentistas y otras conocidas víctimas del Estado español, como Pep Guardiola y otros prohombres con muy mal aspecto debido a los excesos de los autoritarios que los oprimen, ejem, ha terminado de poner fecha y pregunta al referéndum unilateral e ilegal de independencia: “¿Quiere que Cataluña sea un Estado independiente en forma de república?”.

Se constata, por tanto, que los independentistas catalanes pretenden seguir adelante con su golpe de Estado, su desafío a la democracia y su propósito de romper la convivencia entre españoles. Respecto a esto último, ya lo han provocado dentro de Cataluña, donde hay amigos, familias y compañeros de trabajo que han dejado de hablarse; cosa esta que, por cierto, no es la más grave de todas: peor es que ya haya gente que quiera hacer las maletas y peor es que ya haya catalanes y españoles convertidos en extranjeros en su propia tierra, víctimas, estas sí, del sectarismo típico de todo nacionalismo: “Si eres de los nuestros, lo tendrás todo; si no, no tendrás nada”. De ahí que muchos sostengamos que nacionalismo y democracia tienden a ser conceptos antitéticos: basta saber un mínimo de historia.

Como siempre, no es tan importante lo que hagan y digan ellos como lo que los demócratas, unidos, seamos capaces de hacer para salvaguardar, en primera instancia y como objetivo más urgente, el Estado de Derecho. Es decir, aplicar la ley en Cataluña, activar el artículo 155 de la CE, salvaguardar los derechos constitucionales vulnerados por la Generalitat e impedir la celebración del referéndum. Es decir, cumplir y hacer cumplir la ley; poco más o menos, lo que harían las autoridades competentes si los ciudadanos corrientes y molientes nos negáramos, pongamos por caso, a pagar los impuestos que nos corresponden. Y sin excesivas estridencias ni aspavientos sino con normalidad absoluta. A estas alturas del desafío, el problema es que, como el Estado lleva años sin tener presencia en Cataluña y partidos nacionales cediendo ante los separatistas, medidas normales suenan extrañas. Pero cumplir y hacer cumplir la ley es obligación ineludible de todo gobierno.

Así que vamos acumulando tareas que tienen que llevarse a cabo: por un lado, aplicar la ley en todo el territorio nacional, también en Cataluña, para que España sea de verdad un país de ciudadanos libres e iguales, no un puzle de territorios enfrentados que se dan la espalda mutuamente o un lugar donde existen privilegiados que activan golpes de Estado sin consecuencias políticas y jurídicas; por otro lado, además de denunciar la histórica cobardía de los principales partidos políticos nacionales ante los partidos nacionalistas que pretendían y pretenden romper España, hacer la indispensable pedagogía política y democrática para ganar la batalla a quienes pretenden levantar impunemente fronteras entre conciudadanos. Es decir, hacer lo contrario de lo que se hizo… para obtener, de ese modo, un resultado distinto. Quizás cueste, pero España se merece algo más que políticos melifluos, incapaces, acobardados o perezosos.

En fin, estas cosas son las que toca hacer con convencimiento, ahínco y vocación de servicio público. Y en beneficio de todos, por cierto, independentistas incluidos. Y con gusto, porque la tarea merece la pena y es lo que exigen millones de ciudadanos comprometidos con España y con los españoles, un servidor incluido: al fin y al cabo, para un progresista, ¿qué puede haber más apasionante que defender la igualdad e impedir que se rompa la ciudadanía que compartimos?

No es ya cuestión de resistir sino de ofrecer, para ganar, una alternativa al nacionalismo en Cataluña y en toda España, defender el bien común y el interés general, proteger el Estado de derecho, recuperar los valores de la igualdad, la solidaridad y la fraternidad, impulsar las reformas modernizadoras y regeneradoras que España necesita y, en última instancia, con un discurso coherente, constructivo y en positivo, sumar apoyos y ganarles la batalla política y en las urnas.

Sin duda, se puede; y, en todo caso, se debe. Y se trata, por cierto, de un objetivo profundamente progresista.


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