El reciente escándalo en torno a las pulseras telemáticas para víctimas de violencia de género ha sacudido a la opinión pública española. Estos dispositivos, diseñados para garantizar la seguridad de mujeres con órdenes de protección, han fallado por problemas técnicos graves, lo que ha dejado en evidencia las deficiencias de gestión en el Ministerio de Igualdad. La polémica estalla tras conocerse que, durante meses, no se pudo acceder a datos esenciales sobre incumplimientos de órdenes de alejamiento, afectando a víctimas y procedimientos judiciales.
El origen del desastre se encuentra en la adjudicación del contrato a un nuevo proveedor durante la etapa en que Irene Montero dirigía el Ministerio de Igualdad. La exministra, perteneciente a Podemos, impulsó una licitación millonaria que terminó entregando la gestión a una empresa que no garantizó la continuidad ni la eficacia del servicio. La transición entre el proveedor anterior y el nuevo se realizó sin las garantías necesarias, y las advertencias técnicas que se recibieron fueron ignoradas.
El resultado fue un apagón de datos que puso en riesgo a numerosas mujeres, ya que los sistemas de geolocalización fallaron y muchas alertas no llegaron a tiempo. Para las asociaciones de juristas y colectivos de apoyo a víctimas, el error no es menor: se han producido sobreseimientos y absoluciones de agresores por falta de pruebas, lo que demuestra la magnitud del problema y la irresponsabilidad de quienes debían proteger a las víctimas.
El Ministerio, ahora en manos de otra titular, ha intentado minimizar el alcance del escándalo asegurando que las pulseras funcionaron en todo momento y que no hubo mujeres desprotegidas. Sin embargo, la realidad es que durante meses no existió acceso a historiales completos, lo que en la práctica equivale a dejar a las víctimas en una situación de vulnerabilidad jurídica y personal. La confianza en un sistema de protección tan delicado ha quedado seriamente dañada.
Este episodio se suma a una larga lista de tropiezos en la gestión de Podemos durante su paso por el Gobierno de Pedro Sánchez. Desde decisiones improvisadas hasta contratos mal supervisados, la formación exhibió una incapacidad de gobernar que ha tenido consecuencias directas para los ciudadanos. En este caso, no se trata solo de cifras o trámites administrativos: hablamos de vidas que dependían de un dispositivo que debía garantizar seguridad y que, por negligencia, no lo hizo.
Los españoles han tenido que pagar esta mala gestión en distintos frentes: con recursos públicos mal empleados, con procesos judiciales comprometidos y con la pérdida de confianza en las instituciones. La sensación general es que se improvisó en un ámbito que no admite errores y que se primaron decisiones políticas por encima de la eficacia técnica y de la seguridad de las víctimas.
Este escándalo debería servir como punto de inflexión para que nunca más se repita una negligencia semejante. El Estado tiene la obligación de garantizar que las herramientas para proteger a las víctimas de violencia de género funcionen sin fisuras. Los errores de gestión política no pueden convertirse en una amenaza más para quienes ya viven en una situación de peligro. La sociedad española reclama explicaciones, soluciones y, sobre todo, responsabilidades claras por una gestión que se ha demostrado desastrosa.
NOTA DE LA REDACCIÓN DE ELCATALÁN: elCatalán.es necesita ayuda para poder seguir con nuestra labor de apoyo al constitucionalismo y de denuncia de los abusos secesionistas. Si pueden, sea 2, 5, 10, 20 euros o lo que deseen hagan un donativo aquí).
necesita tu apoyo económico para defender la españolidad de Cataluña y la igualdad de todos los españoles ante la ley.




















