La decadencia de Junts per Catalunya es un fenómeno que se explica tanto por sus propias contradicciones internas como por el ascenso de una alternativa todavía más radicalizada en el tablero catalán: Aliança Catalana, el partido liderado por Silvia Orriols.
Junts ha normalizado un discurso supremacista e hispanófobo que, aunque en un inicio sirvió para cohesionar a su electorado más militante, terminó construyendo un terreno fértil para que emergieran opciones aún más extremas. El partido de Carles Puigdemont se acostumbró a jugar a dos bandas: por un lado, victimismo y retórica de confrontación con el Estado; por otro, pactos tácticos con el Gobierno de Pedro Sánchez, que siempre justificaron como necesarios. Esa incoherencia se ha vuelto insoportable para los votantes que reclaman pureza ideológica.
En este contexto, Silvia Orriols ha sabido ocupar el espacio que Junts dejó a medio camino. Con un discurso frontal, sin tapujos y con un tono agresivo hacia todo lo que huela a españolidad, ha captado a quienes ven en Junts un partido acomodado en los sillones institucionales. Aliança Catalana no disimula sus tics xenófobos ni su radicalidad, y precisamente eso es lo que sus seguidores valoran: creen que, al fin, tienen una opción que no se “arrodilla” ni transige en los pasillos del Congreso.
La paradoja es evidente. Junts abrió la puerta a esta deriva al instalar en la opinión pública la idea de que todo lo español era opresor, inferior o enemigo cultural. Sin embargo, cuando necesitó pactar con el PSOE para mantener cuotas de influencia en Madrid, sus propios votantes se sintieron traicionados. El resultado es que los mismos que se alimentaron del supremacismo de Junts ahora buscan una versión aún más cruda y sin concesiones de ese mismo ideario.
Además, la figura de Puigdemont, antaño vista como símbolo de resistencia, comienza a desgastarse. El eterno retorno de su “inminente” regreso a Cataluña y su rol de negociador en Bruselas ya no despiertan la ilusión de otros tiempos. Frente a esa narrativa gastada, Orriols encarna frescura en la radicalidad, un liderazgo que se percibe combativo y sin complejos, aunque sus posiciones rocen lo inaceptable en términos democráticos.
El deterioro de Junts también se refleja en la pérdida de control sobre el relato mediático. Durante años marcaron agenda con declaraciones incendiarias, pero ahora son desplazados por la crudeza del discurso de Aliança Catalana, que logra titulares más provocadores y captura la atención de una parte de la ciudadanía harta de la política de equilibrios. La sobreexposición de Junts a la negociación institucional los ha convertido en un partido previsible, algo letal para un electorado que se alimenta de épica y confrontación.
De este modo, la decadencia de Junts no solo es electoral, sino también simbólica. Pasaron de ser el motor del independentismo a convertirse en un actor secundario, que ya no inspira ni moviliza como antes. La construcción de un relato basado en el agravio permanente los devoró, porque siempre habrá quien lo exprese de forma más radical, más “auténtica” y menos dispuesta a pactar. Y ese papel lo ha asumido Orriols con una eficacia que sorprende incluso a sus detractores.
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