Entrevista a Andrea Mármol: “TV3 es una fábrica de consenso ficticio”

Periodista y Máster en Comunicación política, Andrea Mármol (Barcelona, 1993) trabaja como asesora en Ciudadanos y escribe regularmente en las páginas de Vozpópuli y The Objective. Para Mármol, cualquier solución en Cataluña pasa por que el nacionalismo reconozca a la mitad no nacionalista y acepte que los políticos presos deben responder ante la ley.

En su opinión, vivimos un resurgir de la “anticiudadanía”. ¿En que consiste este movimiento?

Para mí, el auge de la anticiudadanía describe bien el momento actual, en que el componente identitario o de reivindicación de particularidades tiene una presencia muy fuerte en la agenda política. Dichas reivindicaciones tienen algo de arbitrario, ya que, por ejemplo, uno no elige ser español o catalán. Siendo así, no debemos sentirnos afortunados por nuestras identidades sino por haber nacido en un sistema democrático que, aunque perfectible, está plenamente consolidado.

Particularmente, creo que no se reivindica lo suficiente nuestra condición de ciudadanos. La causa de la ciudadanía es tal vez la más importante que podamos defender, pero no resulta sexy para la gente. Solo se reivindica cuando se ve amenazada, como ocurrió durante los hechos del otoño catalán.

En cambio, lo que llamo anticiudadanía agrupa a todos esos movimientos en los que predomina la exaltación de lo que nos diferencia del otro. No tiene por qué ser siempre ilegítimo. Seguramente, una persona transexual sigue sufriendo muchos problemas que los otros no padecen y merece toda nuestra atención. Ahora bien, para garantizar los derechos de todos lo que tenemos que hacer es fortalecer la idea de ciudadanía, no destruirla.

También ha señalado que el nacionalismo necesita alimentar el relato del “enfrentamiento permanente”. ¿Cuál es la razón?

El nacionalismo necesita dos ingredientes para sobrevivir. El primero es el agravio permanente. En el caso del nacionalismo catalán, tiene mucho peso la dimensión lingüística, sobre la cual han construido un relato de agravio que, como digo, nunca termina. Durante un tiempo pudo resultar creíble, pero es complicado sostenerlo ahora, cuando el catalán es la única lengua vehicular en las escuelas de Cataluña.

La otra característica es, efectivamente, el enfrentamiento de la comunidad política que se halla bajo su paraguas con el resto de la sociedad, en este caso Cataluña contra España. Y al igual que el populismo, se arroga el derecho de hablar en nombre de todo el pueblo. Todo esto, claro, ha terminado originando una fractura social de considerables dimensiones.

Sin embargo, el nacionalismo niega que exista esa fractura. Como catalana, ¿cuál es su experiencia al respecto?

En mi caso, desde que empecé a tomar conciencia pública, siempre percibí una diferencia enorme entre la realidad de la sociedad catalana y lo que se transmitía desde las instituciones. Era un relato que no me cuadraba. Por ejemplo, en ciertos momentos parecía que el conjunto de los catalanes exigía un pacto fiscal o un Estado federal, dando a entender que el Estado de las Autonomías carecía de consenso —en este sentido, el nacionalismo siempre ha sido una piedra en el zapato de nuestro modelo de Estado porque nunca les ha satisfecho, y eso a pesar de que ayudaron a construirlo durante la transición—. Y es que las instituciones catalanas siempre han sido más nacionalistas que la ciudadanía.

Por otra parte, creo que todos los catalanes no nacionalistas hemos agachado la cabeza en algún momento ante consensos construidos por el nacionalismo que no eran tales. Por suerte, el procés ha acabado en parte con ese silencio, y son muchos los catalanes que ya no tienen reparos en manifestar que no compran el relato nacionalista. Lo cual ha ayudado a derribar los consensos a los que me refería. Por ejemplo, en la actualidad la palabra nacionalismo acarrea una carga negativa, mientras que hace 15 años era lo mainstream.

En cualquier caso, la fractura de la convivencia es lo más grave que nos ha ocurrido en mucho tiempo. Aunque también me preocupe la degradación institucional y el deterioro económico, está claro que lo más difícil de restablecer será la convivencia. ¿Cómo puede ser que hablar de política se traduzca instantáneamente en confrontación? Una polarización que, en parte, parece haberse trasladado al conjunto de España. Pese a todo, es algo a celebrar que el debate se esté produciendo en lo que los catalanes no nacionalistas sentimos que es el sujeto político, esto es, en toda la comunidad española y no solo la catalana.

El presidente francés Emmanuel Macron ha defendido que el patriotismo es lo opuesto al nacionalismo. ¿Está Macron en lo cierto?

Si es un patriotismo cívico entendido como yo entiendo la ciudadanía, entonces sí. Es decir, la reivindicación de un espacio común donde todos los ciudadanos somos iguales, con los mismos derechos y las mismas obligaciones. Esa es, efectivamente, la antítesis perfecta del nacionalismo.

Por otra parte, lo que se ha desplegado en el conjunto de España tras el procés no creo que sea nacionalismo español. Es más el desamparo de una serie de personas que vieron que su país se intentaba fracturar y que se sintieron despreciados por el nacionalismo catalán. Y es que el patriotismo también es sentirte aludido cuando a tus conciudadanos catalanes —aunque no tengas ningún vinculo personal con ellos— se les intenta arrebatar sus derechos. Tomar conciencia de que si se discrimina a uno, nos discriminan a todos.

El nacionalismo y parte de la izquierda gustan de repetir que la inmersión lingüística es un modelo de éxito. ¿Puede considerarse así?

¿En qué sentido? Si se refieren a resultados académicos, los datos demuestran que no estamos peor que otras comunidades, pero tampoco mejor. Y más allá de los datos, lo primordial es el derecho de cualquier alumno a estudiar en su lengua materna. Lo contrario me parece un atropello. Por otra parte, el argumento de que sin la inmersión lingüística muchos no hablaríamos catalán es una visión paternalista con la que no comulgo.

También es habitual escuchar el sorprendente argumento de que el castellano “ya se habla en el patio”. O sea, que lo que usted me está diciendo es que para aprender a hablar y escribir, los niños usen el catalán; pero para aprender a pegarse en el patio, lo hagan en castellano. ¿Es que hay una lengua para escribir poesía y otra para pegarse? Es un absurdo que podríamos catalogar, si me lo permite, como xenofobia lingüística.

Son muchos los que repiten que no conviene “judicializar la política”. ¿Debemos hacerles caso?

Me parece un mantra del nacionalismo 2.0. Se saltan todas las leyes —lo que evidentemente tiene consecuencias judiciales y penales— y luego acusan a los demás de judicializar la política. Lo que me molesta es que parte de la izquierda compre esa falacia. Repiten una y otra vez que “la solución tiene que ser política”. Y es cierto, pero eso nunca puede ser un obstáculo para que la justicia actúe. Además, quien judicializa la ley es quien se la salta, no quien la respeta.

En mi opinión, debemos interiorizar que la justicia es un pilar fundamental del Estado de derecho, que vela por nuestros derechos y libertades. Si no dispusiéramos de ese freno a la tiranía, estaríamos siempre en situación de riesgo. Y es que la política, si no se lleva a cabo dentro de un marco legal, no es política sino arbitrariedad.

Recientemente, TV3 ha protagonizado una nueva polémica al burlarse de que Enric Millo donase un riñón a su mujer. ¿Le parece comparable el sesgo ideológico del canal autonómico al que pueda darse en otras cadenas públicas del resto del Estado?

Si nos ceñimos a las dos televisiones públicas de las que puedo hablar con conocimiento de causa —TV3 y Televisión Española—, no son en absoluto comparables. El sesgo de TV3 es constante y siempre en la misma dirección. No es que hablen bien del gobierno de turno y se deban al poder —que lo hacen, por supuesto—, sino que son una fábrica de consenso ficticio. En este sentido, no me preocupa tanto la presencia mayoritaria de independentistas en las tertulias como  la selección de temas que abre el informativo. Con esto es con lo que construyen el consenso al que me refiero. Por otra parte, insultos como los que le han dedicado al señor Millo no los veo en otros canales.

Personalmente, me dolió mucho que presentasen la movilización del 8 de octubre, que significó tanto para tantos catalanes, como una manifestación convocada por la extrema derecha. O que emitiesen un documental sobre la extrema derecha cuyo título era Arriba España. Esa constante vinculación de todo lo español con la ultraderecha ya no cuela.

Izquierda Unida mostró su respaldo a la manifestación por el derecho a la autodeterminación celebrada recientemente en Madrid alegando que “sin derecho a decidir no hay democracia”. ¿Es esto así?

No. Es anteponer la mal llamada democracia directa —que acaba siendo más tiránica que otra cosa— a la democracia representativa. E implica desconocer la democracia representativa, que es el único modelo que garantiza el derecho de las minorías al asumir que las mayorías de hoy pueden no ser las mismas que las de mañana.

También es una simplificación asegurar que si no puedo votar en un referéndum, no vivo en un Estado democrático. Los que lo sostienen, en algún momento se darán cuenta de que España es una democracia: una mala noticia para ellos pero una buena para el resto de españoles. A mí, la verdad, me hubiera encantado protagonizar una revolución: seguro que tendría muchas historias que contarles a mis hijos. Pero he nacido en una democracia y no tengo ninguna necesidad de justificar que mi país no lo es.

En cualquier caso, es esencial que parte de la izquierda española asuma que las reglas del juego son compartidas por todos y que no se puede poner en el mismo plano a los que se han saltado la Constitución y a quienes la defienden.

Por su parte, el independentismo tiene que aceptar dos cosas. En primer lugar, deben reconocer a la mayoría de catalanes que no son nacionalistas. En segundo, tienen que asumir que el juicio a los políticos secesionistas no es un juicio político, y que éstos van a tener que responder ante la ley como cualquier ciudadano. Hasta que esto no se interiorice, cualquier solución al conflicto catalán será imposible.


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