“Jimena tuvo un sueño el martes que viene…”. Esta frase que puede parecer que no se entiende, por lo que tiene de rara y de poética, es el arranque de una canción de Joaquín Sabina, dedicada a su mujer. Yo le vi más o menos empezar a componerla en directo (es una larga historia que podemos ampliar otro día). No sé si la acabó grabando tal cual (no sigo la discografía sabinera al dedillo), espero que sí, porque a mí me gustaba. Era tierna, desafiante y pegadiza. Yo no me la despego desde hace unos días. Desde que supe que a partir de ahora va a haber cacerolada en protesta por los cortes de la Meridiana todos los martes. A las 20 horas.
Es increíble tener todavía que explicar lo que pasa en la Meridiana desde hace casi dos años, que es cuando una turbamulta de indepes (siempre los mismos, las mismas caras, los mismos jerséis, las mismas estelades, la misma megafonía… ni que fueran extras de película contratados por la ANC) decidieron cortar la Avenida Meridiana todos los días del mundo para protestar…ya ni se sabe por qué. Dudo de que se acuerden ellos mismos. Los dichosos “presos polítics” han vuelto a su condición de patums acomodadas. Ahora dicen no sé qué de represaliados…Como no se refieran a los sufridos vecinos que viven ahí, y que llevan, pues eso, casi dos años de castigo y de represalias, aguantando una situación que si se planteara a las puertas del Parlament o de la casa de Ada Colau, no habría durado ni cinco minutos.
Pues los vecinos de la Meridiana sufren y sufren y vuelven a sufrir a estos manifestantes contumaces y coñazos, que llevan su derecho a la “llibertat d’expressió” a límites espaciotemporales absurdos… y encima sufren que tanto la Guardia Urbana como los Mossos acordonen la zona con una notable asimetría. A los que cortan, ni con una rosa. A los cortados, apretujárseles todo lo que se puede en una mísera esquina, ponerles lecheras enfrente y taparles las pancartas, tratar de amedrentarles para que abandonen toda esperanza de usar con normalidad democrática la vía pública y, a poco que te descuides, un buen empujón y tirarlo al suelo como pasó hace unos días con José Vargas, el presidente de la ACVOT y uno de los habituales en las protestas de No a los Cortes.
Al principio esta protesta se organizó de forma invisible. Llevaban ya la tira de días así cuando a alguien se le ocurrió aprovechar el impulso del enemigo, y de la burocracia, para ir TODOS LOS DÍAS a pedir en el último minuto un permiso para manifestarse en ese mismo momento y lugar. Si se hacía bien, con denuedo y con constancia, se les adelantaban y les dejaban con un palmo de narices. Pero claro, tener que hacer esto cada día, cada día del mundo, por amor al arte y a la democracia y con cero apoyo de nada parecido a la ANC ni a Òmnium ni a nada… pues cansa. Agota. Y encima parecía todo arreglado para los de siempre, los que, pretendiendo no tener nada que ver, se ponen ávidamente de perfil y miran sistemáticamente para otro lado. Desde el responsable de seguridad del Ayuntamiento de Barcelona hasta el Ministerio del Interior, pasando por la delegada del gobierno en Cataluña.
Duraron cuatro meses de guerrilla administrativa. En cuanto se hartaron de desgastarse así los vecinos, la turbamulta indepe volvió por donde solía. Y ya vamos camino de los 700 cortes de la Meridiana. Consecutivos. Entonces las víctimas eligieron otra forma de protesta: ir con pancartas y cacerolas y hacer oír su voz. Protestar contra la invasión de su espacio vital y urbano.
Servidora ya ha estado allí tres veces. La primera, el pasado 4 de enero, cuando me permití tomar imágenes con mi teléfono móvil de lo que estaba pasando y me gané toda clase de insultos, empujones, intentos de tirarme el móvil al suelo y el entrañable grito: “Anna Grau al paredón”, jaleado por el mismísimo Fredi Bentanachs, antiguo fundador de Terra Lliure.
Éramos unos cuantos los representantes políticos que estábamos allí aquel día. También de cámaras de televisión. Como suele suceder, la buena noticia -vecinos que se empoderan política y humanamente- se gastó rápido, como un caramelo a la puerta de un colegio. Desde entonces ha habido dos caceroladas más y ya no te encontrabas a la prensa ni a nadie.
Yo he seguido yendo con varios compañeros de Ciutadans. Pienso ir muchas veces más, todas las que pueda. Me da igual que no salga en la tele ni en la mayoría de periódicos. Hay veces en que pasan cosas que te abren los ojos. Del mismo modo que lo peor de la Meridiana no es que la cortaran un día o dos (algo que, haciendo un esfuerzo de paciencia, se podría llegar a entender), sino que llevan cortándola sin parar cientos y cientos de días, una verdadera sensibilidad hacia el problema no pasa por ir un día a hacerse la foto y ya está. Hay que estar ahí y darse un baño constante del problema.
Para facilitar la perseverancia de quien quiera perseverar, los organizadores de las caceroladas han decidido sistematizarlas: a partir de ahora serán todos los martes. Siempre en martes y siempre a las 20:00.
Yo voy a ir siempre que pueda. Como la Jimena de Sabina, tengo un sueño para todos los martes que viene de ahora en adelante. ¿Nos vemos allí? Cuantos más nos veamos, más de verdad será que esto se acaba. Que en Cataluña es posible empezar a funcionar y a vivir de otra manera.
Anna Grau es diputada de Cs en el Parlament
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