Este pasado domingo 30 de octubre, Luiz Inácio Lula da Silva se ha alzado victorioso en lo que ha sido una de las campañas electorales más duras que se recuerdan. Doce años han pasado desde su abandono de la presidencia, una larga travesía en la que el líder del Partido de los Trabajadores (PT) ha tenido que lidiar con un cáncer de garganta y, posteriormente, falsas acusaciones de corrupción que le llevaron a cumplir una condena de 580 días en prisión.
Su vuelta representa que el sueño por una sociedad justa e igualitaria sigue vigente en Brasil, sin embargo, el retorno del mítico dirigente no resulta tan idílico como cabría sospechar. Con un clima de enorme crispación y enfrentamientos civiles entre los sectores de izquierdas y los de ultraderecha, nada hace presagiar que vaya a ser una cómoda legislatura, más aún si tenemos en cuenta las numerosas amenazas golpistas vertidas por Jair Bolsonaro. El cuál, sigue disponiendo de mucho poder en el interior del país, con gobernadores afines como es el caso de Tarcísio de Freitas, exministro de Infraestructuras bolsonarista, y actual gobernante del estado de São Paulo (principal motor económico del país).
Asimismo, Lula da Silva también se enfrenta a unas elevadas expectativas depositadas en él. Bajo su mandato, la nación sudamericana llegó a ser considerada una potencia emergente, así como la sede del Mundial de fútbol y de los Juegos Olímpicos de 2014 y 2016, respectivamente. Hoy, la tesitura ha cambiado por completo, en palabras del director de la Fundación Fernando Henrique Cardoso: “No estamos viviendo un boom de las commodities” (materias primas). A lo que cabe añadir, la pérdida de independencia de Brasil en lo que confiere a las relaciones internacionales, en los últimos años más alineada con los intereses estadounidenses.
Lo que sí confirma el triunfo del líder del PT es el giro a la izquierda de la región, con sendos gobiernos progresistas en Argentina con Alberto Fernández, Colombia con Gustavo Petro, Chile con Gabriel Boric y México con López Obrador. Lula está llamado a capitanear la formación de una gran alianza regional. Pero no sólo ésto, el dirigente constata el compromiso contra la deforestación, una práctica que durante la presidencia de Bolsonaro ha costado la pérdida de hasta 47.000 km2 de espacio verde en la Amazonia brasileña. Un absoluto atentado contra el medio ambiente y los más de 300 pueblos indígenas de la zona.
Frente a la incertidumbre del horizonte político brasileño, una cosa es segura, Luiz Inácio Lula da Silva ha devuelto la esperanza en la nación iberoamericana (foto: Twitter @LulaOficial).
Álvaro Cortés Oliva
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