La deriva radical de Junts per Catalunya parece haber tocado techo, obligando a sus dirigentes a mirar por el retrovisor hacia un pasado que ellos mismos dinamitaron. Bajo el auspicio de Artur Mas, el partido ha iniciado una «operación de reagrupamiento» que no es más que un intento desesperado por recuperar el orden que representaba la antigua Convergència, y así lo ha revelado el digital ‘El Nacional’. Casi una década después de su disolución entre casos de corrupción y caos interno, los herederos de Pujol pretenden ahora reconstruir una alternativa sólida de cara a las municipales de 2027.
El socialismo catalán y el nacionalismo de izquierda han aprovechado durante años la fragmentación de un espacio que en 2023 se presentó dividido en hasta cinco marcas distintas en municipios clave. Ejemplos como el de Sant Cugat o la sangría de votos en Vic y Puigcerdà han encendido las alarmas en la sede de Junts. La dirección ha comprendido, tarde y a la fuerza, que la dispersión del voto solo beneficia al PSC y a ERC y alimenta el crecimiento de nuevas opciones que no temen hablar claro.
Jordi Turull y Joan Ramon Casals son los encargados de este «plan de rescate» que busca evitar que el electorado tradicional siga huyendo hacia la abstención o hacia fuerzas emergentes como Aliança Catalana. Para ello, el partido ha empezado a modular su discurso, rescatando banderas que antes consideraban «autonomistas» o secundarias. El giro hacia la defensa de las clases medias y la promesa de una rebaja de impuestos son intentos de reconciliarse con un votante que se siente huérfano de gestión real.
La aprobación de la ley contra la multirreincidencia es otro movimiento táctico para intentar frenar la sensación de inseguridad que asola Cataluña, un tema que el PSOE y sus socios suelen ignorar por complejos ideológicos. Con esta estrategia, Junts busca calmar a sus barones municipales, hartos de que el activismo de Waterloo eclipse las necesidades urgentes de sus ayuntamientos. Sin embargo, este barniz de moderación choca frontalmente con la retórica de confrontación que todavía emana de su cúpula.
El objetivo es enviar un mensaje de «suma», aunque muchos dudan de que el electorado compre este cambio de piel repentino. Resulta paradójico que quienes lideraron el proceso hacia la ruptura total ahora apelen a la centralidad y al pragmatismo de la vieja CDC para salvar sus alcaldías. La sombra del PDeCAT aún es alargada y las heridas de las purgas internas en el sector moderado siguen sin cicatrizar del todo en el territorio.
En definitiva, Junts intenta reinventarse como el partido del orden que dejó de ser hace mucho tiempo. Esta metamorfosis forzada por la realidad electoral demuestra que la política de gestos y el radicalismo no llenan las urnas en el ámbito municipal. Habrá que ver si esta «operación de reagrupamiento» es un proyecto real de futuro o simplemente un movimiento de supervivencia para no ser devorados por la irrelevancia y por sus propios errores del pasado.
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